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Alumbrar sin deslumbrar

Lluís Camprubí

Las magnitudes de la contribución tecnológica e industrial de China —tanto en lo doméstico como en lo global— a la extensión de las renovables y la electrificación son indiscutiblemente impresionantes, y son fuente fundamental de esperanza para aquellos que vemos que —si no evitamos los peores escenarios del cambio climático a través de una descarbonización urgente y a gran escala— vamos hacia un mundo poco compatible con la vida y civilización humanas tal como las entendemos. Valga este texto inspirador y esperanzador de Bill McKibben como síntesis.

Sin embargo, tras la necesaria celebración compartida, se abre paso la pregunta sobre cómo deben actuar las fuerzas progresistas y la Unión Europea frente a esta revolución industrial que viene significativamente de fuera. Siendo el adversario principal las políticas de bloqueo (impulsadas por aquellos sectores económicos y políticos que quieren alargar los privilegios fósiles), conviene afinar la propuesta para no caer en la subordinación feliz que implica el polo opuesto de un literal laissez faire, laissez passer.

Es motivo de discusión apasionada el intento de singularizar la razón por la que China ha impulsado con tanto éxito esta revolución tecnológica e industrial. Dependiendo generalmente de filias, fobias y sesgos, acostumbramos a ver de forma excluyente distintas narrativas: a) de la necesidad ha hecho virtud ya que no tiene petróleo y lo tiene que importar; b) percibe la gravedad doméstica y global que supone el cambio climático, también en lógica de seguridad nacional; c) sus fuerzas productivas han visto una oportunidad de desarrollo y crecimiento no cubierta; d) para ser hegemón global se requiere dominancia en el sistema energético que sea preponderante, y e) su exclusividad en la oferta de tecnologías y productos puede generar dependencias a terceros que sean susceptibles de ser recibir coerciones si fuese necesario. Creo que es más útil pensarlo desapasionadamente, como una combinación complementaria de todos estos factores y sin intentar quedarse con una sola razón. Ello implicará necesariamente una política de la complejidad que atienda a los distintos factores por la parte europea.

La mirada sobre China de los actores progresistas es diversa y fruto de combinaciones variables según país, realidad energética y comercial doméstica, priorización de la cuestión climática, atención a cuestiones geopolíticas, foco en las libertades y los derechos humanos y grado de fascinación por los logros de su modelo económico. Todos estos factores deben integrarse y a la vez asumir que la fascinación acrítica tiene riesgos. Debería alumbrar —sin deslumbrarnos— tanto lo logrado en electrificación como la política industrial y económica que han seguido.  Es decir, deberíamos aspirar a hacer algo más que importar sus tecnologías y productos y/o copiar sin adaptar su política industrial. Como bien explican en este podcast de Margen de Maniobra, el «modelo chino» es muy específico y único en el espacio-tiempo, una combinación de planificación, flexibilidad y mezcla de colaboración y competición multinivel tanto entre niveles administrativos como entre sectores público y privado. Esto, que tan bien suena, también tiene sus limitaciones y no es directamente importable al contexto europeo, y, a mi entender, tampoco es deseable. Pero sí que podemos incorporar lecciones, sobre todo siguiendo la lógica de las misiones estratégicas de Mazzucato en torno a la necesidad de la planificación, dar margen al ensayo y error, y el poder priorizar, empequeñecer, orientar y dar forma a los distintos mercados.

Es conocido que la Unión Europea aplica para su relación con China el paradigma de socio (en clima y gobernanza global), competidor (en lo económico/comercial) y rival (en lo sistémico). Esta triple mirada en genérico puede ser útil, ya que actúa como significante vacío y puede tener concreciones distintas y evolucionar con el paso del tiempo. Además está habiendo una corrección general de rumbo en la Unión Europea —en el actual contexto geopolítico— para explorar una relación más constructiva y colaborativa. Sin embargo, en la actualidad, al desdoblar la política climática de la política industrial/económica, en la práctica nos encontramos con algunas disonancias.

Con todas estas consideraciones, deberían ajustarse tanto la respuesta inmediata como la estratégica. La aproximación inmediata necesaria debería ser singularizar y separar todo lo relacionado con energías limpias del bloque conceptual general competitivo de lo económico-comercial. Primero, para tratarlo específicamente y así abordar las necesidades y urgencias existentes en la transición energética y, segundo, para luego irlo traspasando al paradigma relacional de «socio». Pero este cambio de casilla requiere de una transición diversa, de un mientras tanto en el que ahora mismo estamos en el que la Unión Europea pueda dotarse de las capacidades y tecnologías para poder lograr, en un tiempo corto, una colaboración y una cooperación entre iguales. Esta transición para las actuales tecnologías debería basarse —además de en flexibilizar la importación— en internalizar producción china en Europa, con acceso al know-how, buscar partenariados y prepararse —apoyando la I+D y las industrias propias— para estar a la altura en los siguientes saltos tecnológicos. Medidas como la flexibilización del 2035 para la finalización de la venta de vehículos con motores de combustión generan justo lo contrario.

El dilema para la Unión Europea es claro: si quiere avanzar más rápido en la descarbonización, actualmente debe apoyarse más en tecnologías y productos chinos. Este apoyo, claro está, genera dependencias, pero reducir intensamente estas dependencias genera costes económicos y/o políticos difíciles de asumir. En paralelo, hemos empezado a ver algunos ejemplos —quizás a modo de cata o señal— de que estas dependencias son weaponizables o coercionables: en Suecia, en Lituania, en el conjunto de la UE… Estamos, pues, en el momento justo para que aquellas lecciones que hemos aprendido con otros actores sobre lo coercionables que son algunas dependencias y/o subordinaciones comerciales las podamos aplicar a nuestra relación comercial e industrial con el sector de la energía limpia china.

Además, existe un riesgo sociopolítico añadido a una descarbonización hecha básicamente a través de tecnologías chinas. Es más barato y más rápido, ciertamente. Pero hacerla así —sin más— debilita críticamente el sector industrial europeo vinculado a la electrificación. Y eso altera, y mucho, el equilibrio de fuerzas en el seno europeo entre fuerzas proclima y anticlima en un momento que parece que las primeras estamos perdiendo pie. Estos actores productivos europeos son un lobby imprescindible en la amplia alianza política, social, económica y cultural de fuerzas por el clima. Un buen amigo me recordaba que «la política climática es en buena medida el conflicto entre propietarios de activos fósiles y propietarios de activos verdes», de manera que parece razonable establecer una cierta protección y ayuda a los actores económicos de la coalición proclima para ponerse al nivel más avanzado en el ámbito territorial privilegiado de nuestra acción política, que es Europa.

Es pues aún posible preparar el futuro para una revolución electrificante continental de matriz europea. Ello requiere un ajuste fino entre, por un lado, el aprovechamiento y la incorporación de manera constructiva de todo lo que ha logrado y está logrando China y, por otro, la capacitación de los actores industriales y de investigación europeos en la electrificación y las energías limpias para que puedan crecer y situarse en posiciones punteras en unos pocos años. Dicho de otra manera: hace falta incorporar tecnologías, productos y know-how sin quedar atrapados por la fuerza de gravedad del sector clean-tech chino. Y así «ganar músculo» para, en el futuro, poder superar el actual hegemonismo chino y nuestra subalternidad para alcanzar una potencial colaboración y cooperación global entre iguales, que también pueda traducirse en una mejor y más virtuosa contribución para terceros países y para el conjunto del planeta.

Lluís Camprubí es euroecosocialista. En el pasado ha coordinado las Áreas de Europa/Internacional de ICV y Catalunya en Comú. Es profesor adjunto de la UPF.

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