José Luis Rodríguez
Ayer, amenaza directa de guerra comercial de Donald Trump. Pocas horas antes, el estrecho de Ormuz cerrado y precio del gas disparándose; las autoridades europeas titubean. El fin de semana pasado, agresión combinada sobre Irán a manos de Estados Unidos e Israel; los muertos ya se cuentan por cientos. Recientemente asfixia energética de Cuba con el bloqueo de la exportación petrolera. Unas semanas antes, flirteo con la idea de anexionar un territorio constituyente de un Estado europeo, aduciendo la necesidad de garantizar su seguridad energética. A principios de año, secuestro de un jefe de un Estado soberano bajo el pretexto del control de sus reservas e infraestructuras petrolíferas. Antes, humillación de la Comisión Europea para aceptar compras estratosféricas (y probablemente imposibles) de gas natural licuado estadounidense, degradando así un poco más los compromisos de descarbonización de la Unión. Antes, ciclotimia arancelaria. Antes, órdenes ejecutivas a discreción contra las energías renovables. Antes, un genocidio en Gaza continuado y sostenido sobre la destrucción y el sometimiento energéticos. Antes, invasión imperialista en Ucrania apoyada sobre el chantaje fosilista y crisis energética en el continente. La internacional reaccionaria y fosilista lo tiene claro: su dominación viene lubricada por el flujo de gas y petróleo, el orden mundial que se ha dispuesto a edificar se levanta sobre los vasallajes a menudo personales que estos combustibles le permiten.
Lo que estamos presenciando en los últimos meses es algo cualitativamente distinto a lo que estábamos acostumbrados, algo que se aleja de otras crisis del petróleo o agresiones con motivaciones energéticas. No se trata de una crisis más en el mercado fósil, sino, entre otras cosas, la confirmación de que ese mercado ha entrado en una nueva fase, una fase marcada por un pico de demanda que se acerca propulsado por el avance de la revolución electrotécnica y renovable, por la fragmentación geopolítica y aún desordenada de modelos energéticos, por la instrumentalización autoritaria y a la desesperada del flujo de hidrocarburos, y por un declive de la economía fósil cuyo desmantelamiento promete ser de todo menos un suave aterrizaje en el paraíso descarbonizado.
Pese a que Europa apenas recibe crudo directamente de Irán, cualquier convulsión en el mercado fósil se traduce casi automáticamente en un pico de precios generalizado. El mercado global de hidrocarburos funciona como un sistema de vasos comunicantes: un traumatismo en uno de sus nervios se siente en todas partes. Por eso la misma mañana del lunes el precio del gas en Europa se había disparado un 20%; ayer, más del 50%. Dependiendo de cómo se enquiste o se resuelva esta guerra, la situación podría complicarse todavía más. Si el conflicto en Irán se prolonga durante semanas, ello «comenzaría a reducir las existencias almacenadas, constreñiría el aparato logístico y tensaría los equilibrios mundiales de petróleo y gas, con efectos mucho mayores sobre los precios». La respuesta instintiva, la que ha guiado la política energética europea durante décadas, vuelve a activarse: diversificar proveedores, llenar reservas estratégicas, negociar con nuevos socios. Pero esta solución está ofreciendo sus últimos servicios.
El problema de fondo es que Europa importa la inmensa mayoría de los combustibles fósiles que consume y en torno al 70% de toda la energía que consumen todas las regiones de todos los Estados de la Unión depende de las importaciones de estos combustibles. O lo que es lo mismo: no hay ningún territorio de la Unión Europea que produzca, ni remotamente, más de un tercio de la energía que actualmente demanda. Eso genera una dependencia que nos aboca a una vulnerabilidad política y económica que se está volviendo insostenible, algo que lleva siendo así durante décadas pero que se agrava cuando cada mañana estamos pendientes del humor con el que se ha despertado el autócrata de turno.
Así, a la urgencia climática por la descarbonización se ha adherido ya, probablemente de manera irrevocable, la cuestión de la soberanía. Si Europa aspira a tener, como afirma, una verdadera autonomía estratégica, si quiere poder tomar decisiones soberanas en un mundo que se está reconfigurando rápidamente en zonas de influencia, no puede seguir atada a los designios de quienes controlan los flujos de gas y petróleo, o quienes, al menos, pueden causar estragos en ellos. Cada vez que se cierra un estrecho o un autócrata decide usar la energía como arma, alguien se estremece en Europa.
Pero lo que realmente puede debilitar a estos poderes fósiles reaccionarios no es la disputa por esos recursos, sino que el resto dejemos de necesitarlos. Un mundo donde cada país pueda alcanzar la soberanía energética mediante fuentes renovables —produciendo o importando tecnologías modulares, baratas y sencillas que aprovechan un recurso abundante como el sol o el viento— es un mundo mucho más difícil de dominar. Como afirmaba el think tank Ember en un maravilloso informe de hace unos meses, al despliegue de infraestructura fósil le siguen décadas de dependencia; al despliegue de infraestructura renovable le siguen décadas de libertad. La energía renovable hace que se desvanezca una herramienta de presión y control que las economías fósiles ejercen no solo por motivos económicos, sino porque, además de todo ello, la humillación de otros valida y alimenta la idea que tienen de cómo debe funcionar el mundo. Esta actitud se puede leer como un signo de deterioro político e incluso de incipiente debilidad, pero este deterioro fascistoide, fósil y sádico aún puede llevarse muchas cosas por delante.
Por eso la respuesta de Europa no puede limitarse a asegurar nuevas rutas de suministro o a llenar depósitos estratégicos, cosa que sin duda hay que hacer, y seguramente haya incluso que prepararse para escenarios muy diversos e inquietantes. Pero eso es gestionar la emergencia, no afrontar el problema. La única solución estructural consiste en desacoplarse de los combustibles fósiles y enchufar nuestra economía, nuestra industria y nuestra vida diaria a la generación eléctrica renovable. Acelerar la transición hacia una economía descarbonizada, basada en energías limpias e inapropiables, producidas en el territorio donde brille el Sol y allí donde sople el viento. Al fin y al cabo, como sugería ayer Xan López, el precio de la luz del Sol no está sujeto a los deseos expansionistas o a los complejos de tal o cual miembro del trumpismo internacional: seguirá siendo el mismo hoy, mañana y dentro de una semana. ¿Cuál es, entonces, la fuente de energía verdaderamente segura?
En este nuevo paradigma, España tiene tanto una oportunidad como una responsabilidad. Nuestro país posee una combinación de acceso a tecnología limpia y potencial de recursos renovables, especialmente solar, seguramente incomparable con el de cualquier otra región de nuestro entorno. Mientras en otras zonas de Europa se debate sobre nuevas dependencias del gas o sobre interconexiones o sobre prolongar la producción de vehículos con motor de combustión interna, España puede y debe convertirse en la vanguardia energética limpia de la Unión Europea, la pasarela hacia un nuevo modelo de producción de energía y hacia una nueva configuración continental en torno a ella, más equilibrada y democrática. Este nuevo modelo ya no es una hipótesis de futuro ni es tampoco un plan apenas esbozado cuyos resultados quizá se empiecen a percibir a varios años vista. Tenemos ya tanto los conocimientos, como la capacidad, como la tecnología. Un aparato técnico y material de producción y almacenamiento de energía en buena medida inmune a las veleidades de un puñado de autócratas. Nuestro recurso no necesita atravesar estrechos conflictivos ni está sujeto a la voluntad de regímenes inestables. Su suministro es gratuito, predecible, estable y, una vez instalada la infraestructura, su coste es cada vez más bajo. Solo queda hacer que esos beneficios se expandan, se perciban de manera generalizada y se puedan defender de manera cotidiana. Hacer de la electrificación un motivo de orgullo.
Conocemos la gravedad de la situación, pero aún actuamos como si no nos lo creyéramos del todo. La crisis de 2022 nos enseñó a cambiar de proveedores. La crisis actual, con el trumpismo en la Casa Blanca y quién sabe si por tiempo indefinido, debe enseñarnos a cambiar de sistema. El futuro, es verdad, tiene hoy un aspecto lúgubre, pero al otro lado de esa oscuridad solo llegaremos, como decía Gorka Laurnaga, cruzando un puente eléctrico.
José Luis Rodríguez es miembro de Meridiano. Instituto de Políticas Climáticas y Sociales.