Pablo Batalla Cueto
Las épocas regeneracionistas, aquellas en las que una sociedad se percibe en crisis y le empieza a asaltar un hambre de reformas profundas, siempre son paradójicas. Regeneracionismos siempre hay muchos; su variedad habita incluso dentro de cada regeneracionista concreto. Joaquín Costa pedía, en la España del 98, un «cirujano de hierro» que le sajara el pus al cuerpo enfermo de la patria, pero a la vez conminaba a echar siete cerrojos al sepulcro del Cid, «deshinchar» los nombres de Numancia y Lepanto y «desmontar de su pedestal» a Hernán Cortés: lo que a España le hacía falta no eran los arrestos de un caudillo, sino obras hidráulicas, escuelas, ingenieros de caminos, presupuestos racionales, etcétera. Es decir, pedía a la vez —o dependiendo del día— un big man y el fin de los big men; una solución colectiva y paciente, ingrata en lo inmediato, vistosa solo a la larga, y, al tiempo, una individual y expeditiva, la colérica impaciencia de un recto superhombre. Más democracia y más autoridad. Más ciencia, más templada pericia de expertos, pero, a la vez, más fuego en los testículos, menos dudas, menos ciencia, porque la ciencia auténtica es dudar.
De un modo u otro, de lo que se abomina es de la política. La tecnocracia es un bisturí; el fascismo, un cuchillo jamonero, pero ambos quieren clavarse en las carnes de los políticos, a los que había que ver, decía Costa, «como si se tratara de enemigos públicos». Con frecuencia, de hecho, el bisturí precede al cuchillo. La pretendida templanza del centrista tecnócrata ha sido no pocas veces, en la historia, la primera expresión tímida de un ánimo homicida que va creciendo y que termina volviéndose también contra los expertos, cuando lo son de verdad, y piden prudencia al Duce que nos ha ido enamorando. Existe un camino entre la escuadra del ingeniero y escuadrón de arditi, como hay una pasarela entre la razón y la locura. Nadie ha definido al conspiranoico mejor que Chesterton: no es alguien que haya perdido la razón, sino uno que lo ha perdido todo… salvo la razón. La paranoia es una razón desgajada, autónoma, sin los pies en el suelo. Las teorías de la conspiración no son ilógicas, sino demasiado lógicas; una lógica obsesiva, un silogismo febril que quiere conectarlo todo y acaba dando lugar a una ciencia sin duda, que al principio se desprende de la metódica, y acaba despojándose también de la ética. Al fondo del abismo del fascismo hay mucha ciencia: la de Mengele y Vallejo-Nájera.
Volvemos a respirar ese ambiente en este angustiado siglo XXI. Crece la antipolítica y hubo un momentum, y sigue habiéndolo a veces, para los pretendidos tecnócratas. Ese deseo alimentó, en España, a UPyD y Ciudadanos, mientras Mario Monti y Lukás Papadimos llegaban a presidir Italia y Grecia ungidos con la vitola de no-políticos, de tecnócratas. Y todavía ocurre que, en Portugal, el almirante Henrique Gouveia de Melo se presenta a las elecciones presidenciales con un mensaje dizque antiideológico y su gestión de la pandemia del Covid-19 como credencial, y obtenga el 12,32% de los votos, pero las encuestas llegaran a predecirle el 46,1%. De cualquier manera, la estrella tecnocrática ha declinado en gran parte, y lo que no deja de crecer es la fascista. Los votos y simpatías, en gran parte, son los mismos: bisturíes vueltos puñales. Los que pedían expertos antipolíticos claman ahora por políticos antiexpertos; los apolíticos han trocado en hiperpolíticos. Pero no hay incoherencia en ello, sino una coherente evolución.
Los expertos que el extremo centro pedía en 2010 eran expertos bajadores de impuestos, expertos recortadores del Estado del bienestar, expertos confiscadores de coches oficiales, pero la única tecnocracia digna de tal nombre quince años después es la del clima, el experto por excelencia es el ambientólogo, y eso lo cambia todo. Resolver lo del clima no requiere recortes, sino todo lo contrario, y una transformación radical del sistema económico, las culturas políticas y los comportamientos privados. Una revolución. Y no hay revolución cuya tortilla no rompa muchos huevos, y ante la cual no se alce la correspondiente contrarrevolución. La del siglo XXI recoge del suelo algunas banderas de la malbaratada izquierda populista y las resignifica en sentido reaccionario. Carga contra la casta y la hace abarcar, no solo a los políticos del turno y a la prensa, sino también a la Universidad y la Academia, contra la que no podían dirigirse aquellos otros tribunos con despacho de facultad y encaramados sobre la irritación de una generación furiosa con haber estudiado y que ello no significara el alto estatus que se le había prometido si lo hacía.
Siempre ha habido una veta antiintelectual en la derecha. Hay derechas que no lo son en absoluto, pero nunca andan muy lejos de las orillas de ese Guadiana academófobo que resurge de tanto en tanto, gritándonos al oído memorables berridos: vivan las caenas, líbrenos Dios de la funesta manía de pensar, que inventen ellos, muera la inteligencia. Ejemplos españoles, estos cuatro; exabruptos célebres de la historia reaccionaria de un país que siempre hizo con ganas la revolución liberal, pero siempre la dejó a medias, y donde el odio a los volterianos y los enciclopedistas nunca ha terminado de volverse marginal. Pero el antiintelectualismo de derechas no es singular de España, y ahora lo vemos alzarse en todo el mundo, contra el volterianismo y los ilustrados del medioambiente. Hay mucho dinero en juego, hay que desprestigiar a los molestos expertos y eso se hace por vías directas, pero sobre todo indirectas. No se dispara al experto, está feo, sino que se le siega la hierba bajo los pies. Sembrar la confusión para que siga hablando, pero no se le crea, es más retorcido, pero más eficaz. Sembrar la duda, pero no la duda científica, metódica, sino una duda atolondrada, un mareo de engreídas suspicacias que nunca se resuelva y en el que nunca sepamos qué es mentira y qué es verdad. La misión del bulo —explica siempre Enrique del Teso— no es que te lo creas, sino que no te creas nada, o no sepas qué creerte, y entonces pueda ocurrir que des por buena la mentira fascista, que siempre será más fácil y más sexi, y des en cambio por mala la verdad civilizatoria, que siempre será amarga: la verdad verdadera siempre duele, mucho o poco.
Nos rodean ya torrentes de gente que no creen en el cambio climático antropogénico, pero sí que el hombre nunca llegó a la Luna, que ETA estuvo detrás del 11-M, que las vacunas matan en lugar de curar, y hasta que la Tierra es plana. O que sí que creen en el cambio climático, pero no en el antropogénico, sino en el sanchogénico: Sánchez vuela embalses y azudes, Sánchez o quien sea llena el cielo de chemtrails. Y entonces los paranoicos terminan el silogismo: si Sánchez nos mata, hay que matar a Sánchez, y hay que llamar al experto, pero al experto tirador. Solo unos centímetros separan el bisturí del cuchillo, y solo una humilde letra distingue la regeneración de la degeneración.
Pablo Batalla Cueto es corrector de estilo, traductor y ensayista. Publica una columna en Público, colabora con La Marea, hace largas entrevistas biográficas para Jot Down Sport y Nortes y ha publicado artículos en El País y Nueva Sociedad, entre otros medios. Coordina la revista cultural digital El Cuaderno. Su último libro es La bandera en la cumbre. Una historia política del montañismo (Capitán Swing, 2025).