Héctor Tejero
En los textos de Karl Marx, la noción de «partido» es deliberadamente ambigua. A veces designa una organización concreta, otras veces se trata de algo más general: una parte de la sociedad que comparte intereses u objetivos estratégicos, como cuando habla de «el partido del Orden» en El 18 Brumario de Luis Bonaparte o cuando dice que «los comunistas no forman un partido aparte, opuesto a los otros partidos obreros» en El manifiesto comunista. Un partido es la expresión histórica de una clase que toma conciencia de sí misma y actúa políticamente, independientemente de sus siglas. Una parte de la tradición marxista posterior elaboró esta ambigüedad distinguiendo entre partido histórico y partido formal. La distinción surgía como respuesta a las grandes crisis del movimiento obrero: ¿cómo explicar que partidos de masas, con millones de afiliados y votos, pudieran dejar de representar los intereses y la misión histórica de la clase trabajadora? La solución fue conceptual: el partido histórico es la continuidad de un programa, de una orientación estratégica y de un horizonte emancipador, siempre presente aquí y allí a pesar de las vicisitudes concretas de los partidos formales, que son solo algunas de sus posibles encarnaciones organizativas.
Como plantea Xan López en El fin de la paciencia, hoy vivimos una doble crisis. Por un lado, una crisis ecológica sin precedentes que amenaza las condiciones que sustentan nuestra vida en el planeta, con el cambio climático como punta de lanza. Por otro, una crisis política acelerada marcada por el agotamiento de los partidos de masas, la fragmentación del espacio público y la erosión de la legitimidad democrática. En este contexto, la tarea política central no es simplemente ganar la próxima elección —que también—, sino construir las herramientas políticas capaces de frenar la crisis ecológica a tiempo.
Quizás la herramienta más importante a forjar es un partido del clima. No unas nuevas siglas que compitan electoralmente, un nuevo colectivo ecologista o un nuevo think tank. Todos esos «partidos formales» pueden ser necesarios o no en función del contexto particular. Lo realmente imprescindible es un partido histórico del clima: un espacio de convergencia programática, estratégica y cultural cuyo objetivo fundamental sea garantizar que el planeta siga siendo habitable, en el largo plazo, para la inmensa mayoría de los seres vivos que hoy lo habitan. Un partido entendido como un programa común, como una constelación de cuadros —militantes, expertas, cargos públicos, investigadores, ingenieros, periodistas, poetas— que, desde posiciones ideológicas diversas, comparten la voluntad férrea de pelear por «la viabilidad ecológica de nuestra especie» frente sus enemigos: «los fascistas fósiles, los negacionistas climáticos y los nihilistas morales», tal y como lo expresa el propio Xan.
Ese partido del clima no exigiría militancia exclusiva ni uniformidad organizativa. Sus integrantes podrían votar o militar en distintos partidos formales, de izquierda e incluso de derecha, siempre que asuman un núcleo mínimo compartido: la descarbonización rápida y lo más justa posible, la adaptación a los peores impactos del cambio climático y la protección de los ecosistemas como condiciones no negociables de cualquier proyecto político. La unidad de este partido no vendría dada por su fidelidad a unas siglas o por tener un carnet en el bolsillo, sino por compartir una jerarquía de objetivos que nos reconoce como miembros de un proyecto común. Este partido del clima estará guiado por un realismo climático que actúa como si el fin del mundo fuera realmente posible, se obsesionará por su capacidad de intervenir en el mundo y por las consecuencias de sus acciones, y no siempre hablará el lenguaje del clima pero siempre tendrá el clima como brújula y, por tanto, como cronómetro.
Este partido histórico ha escrito en sus banderas PRIMERO EL CLIMA. Una consigna que expresa una verdad amarga y, a menudo, difícil de digerir —la primacía material de la lucha por un planeta habitable— y la idea de que el resto de las luchas (democráticas, obreras, feministas…) pueden sufrir avances y retrocesos, los cuales habitualmente implican muchísimo sufrimiento y costes humanos individuales irrecuperables, pero que, en última instancia, son colectivamente reversibles. Los derechos que se pierden, se pueden volver a ganar. Sin embargo, existen retrocesos en la lucha por la habitabilidad regional o planetaria que son irreversibles. Esta prioridad material no surge, por tanto, de que las otras luchas sean menos justas o importantes tomadas una a una —porque no lo son—, sino de que dependen de que exista un mundo donde puedan tener lugar.
Como ocurre con la idea de partido histórico, no se trata de fundar una nueva etiqueta, sino de dar forma política a una necesidad histórica. Si el siglo XX tuvo partidos que encarnaron, con mayor o menor fortuna, primero la promesa de emancipación social de las clases trabajadoras y después de la sociedad en general, el siglo XXI necesita un partido histórico capaz de encarnar la promesa, a la vez más modesta y más radical, de asegurar un mundo simplemente habitable para nosotros y nuestras hijas.
Héctor Tejero es miembro de Más Madrid y responsable de Salud y Cambio Climático en el Ministerio de Sanidad.