Rosa Martínez
En el último CIS, aún del año 2025, el porcentaje de personas que se mostraban muy o bastante preocupadas por el cambio climático había descendido al 71,8% respecto al 80,5% de 2022. Este descenso no puede entenderse sin la guerra cultural emprendida, estratégica y ordenadamente, desde la ultraderecha reaccionaria no solo en España sino en todo el mundo. Las consecuencias se notan en la opinión y el debate político: se incrementa el escepticismo sobre la gravedad del problema; se va ganando para la causa anticlimática no solo apoyo social sino, también y sobre todo, influencia política para revertir y ralentizar las decisiones institucionales ya en marcha.
La guerra cultural, ese campo de batalla en el que se disputan los valores y el sentido común, se representa a menudo como dos trincheras que dividen a la sociedad y desde las que se defienden posturas antagónicas; como si todo el mundo cupiera en las trincheras. La realidad es que el grueso de la población se posiciona de manera ambivalente sobre la manera de afrontar el cambio climático. En este imaginario bélico y enfangado, a esa mayoría podríamos ubicarla en medio de la batalla entre trincheras, en eso que se conoce como «tierra de nadie».
Ahí estarían quienes no tienen una posición clara, o para quienes esta posición es variable, e incluso contradictoria según la cuestión específica sobre la que opinar. También estarían quienes no se han parado a pensar en qué lugar quieren estar, ni las consecuencias de estar o no estar, porque ni siquiera saben que esos lugares existen. A veces lo que declaran no es un posicionamiento depurado, sino simplemente cuestionamiento o desconfianza hacia las políticas existentes. Sin embargo, la tendencia a la derechización ideológica de la sociedad española arrastra a cada vez más gente a las proximidades de la trinchera del negacionismo y de la oposición a las políticas climáticas y ambientales.
Así, por una parte tendríamos el enfrentamiento directo entre las posiciones ganadas, caracterizada por los ataques directos y el mantenimiento de las posiciones propias, y por otra dos estrategias para avanzar en la tierra de nadie. En este momento una de ellas es más exitosa que otra, mucho más sutil, indirecta incluso, de lluvia fina más que de proyectiles potentes y dirigidos, que se desarrolla en muchos más espacios y con herramientas, canales y voces distintos a los utilizados en la disputa política tradicional.
Entra aquí en juego la narrativa, concepto que en el mundo literario refiere a la construcción de historias y que en política nos habla de la manera en se cuenta una historia para dar sentido a la realidad, para movilizar, para convencer, pero sobre todo para crear identidades y provocar emociones más allá de los argumentos racionales. Durante décadas el movimiento ecologista ha contado la historia de los impactos del cambio climático con datos y evidencias científicas. La mala noticia es que si hasta ahora esto no ha sido ni de lejos suficiente para movilizar y convencer políticamente a la sociedad de la urgencia de actuar, lo es aún menos en un contexto de guerra cultural, de alta emocionalidad de los discursos políticos y donde la desinformación, las teorías conspiranoicas y la desconfianza hacia lo institucional (incluida la ciencia) desprovee de efectividad a los argumentos científicos.
Es evidente que a medida que el cambio climático ha ido ganando peso en el debate, ha habido una necesidad de articular un discurso político, de contar una historia y dar sentido a los datos para tratar de ganar apoyos y generar eso que llamamos «conciencia social». Todos los agentes que defienden una acción climática ambiciosa y urgente han ido generando narrativas y, en el caso de los partidos políticos, estos han tenido que desarrollar un discurso que encajase o tuviese sentido en su ideología, así como en su tradición y pensamiento político.
En la izquierda, en los últimos años han surgido nuevas líneas discursivas que tratan de actualizar y superar la narrativa de la lucha climática adaptada a los mensajes de su propia tradición, que, por otra parte, tampoco se están mostrando efectivos en esa tierra de nadie: resuenan mucho en la trinchera, pero no mueven ni un centímetro a quien está entre los dos fuegos.
Así, a estas alturas del siglo XXI podemos dar por imposible la construcción de mayorías sociales únicamente llamando al deber ético y moral de salvar el planeta o adoptando posiciones de superioridad moral respecto a quien no está comprometido. Igualmente, ni reñir a las personas por sus decisiones individuales, ni apelar en abstracto a la transformación del sistema resultan estrategias movilizadoras —esta última una tarea demasiado grande, históricamente fracasada y eternamente pendiente como para resultar creíble—. Tampoco el derrotismo, el determinismo o el «todo mal y siempre insuficiente» van a conseguir la articulación política de la preocupación social por el cambio climático. Como tampoco lo harán narrativas que no se hagan cargo con honestidad de la complejidad del mundo y se limiten a dibujar una arcadia feliz tras la culminación de la transición ecológica y el fin del capitalismo.
¿Qué narrativa, entonces? O dicho de otra manera, ¿qué historia contamos para que quienes están en tierra de nadie vean un interés en promover la acción climática o para que, al menos, no se opongan radicalmente a ella?
En un contexto de desinterés por la información política tradicional y de altísima competencia por la atención que existe en la tierra de nadie, la historia que contemos tendrá más posibilidad de ser escuchada si, por un lado, da respuesta a las grandes preocupaciones del momento y, por otro, conecta con las emociones y el estado de ánimo compartido que existe en la sociedad.
De ahí que hablar de política industrial o de energía renovable desde el marco de la seguridad y la autonomía esté permitiendo introducir elementos de política climática (incluso sin nombrarla explícitamente) como parte de las soluciones que pueden dar respuesta a la incertidumbre, el temor o la preocupación por el futuro. Si además, ponemos en valor el impacto positivo y simultáneo en varios ámbitos (soberanía, empleo, competitividad, reducción de emisiones, mejora del bienestar, etcétera) estamos logrando que más públicos, con diversos intereses y preocupaciones, puedan al menos escuchar o tener en cuenta algunas de las muchísimas políticas climáticas que tenemos el reto de implementar con la mayor de las urgencias.
Sin duda, en el actual contexto (en el sentido más amplio que queramos considerar) y con una guerra cultural en la que el cambio climático es terreno de disputa, definir estratégicamente qué contamos a la gente que está fuera de las trincheras, y cómo lo hacemos, debe ser una prioridad. Acertar, o simplemente contrarrestar la tormenta que viene del otro lado, nos va a exigir, además de tiempo y energía, altas dosis de innovación para poder conectar con un sentir cada vez más mayoritario que se aleja de los valores y preocupaciones del movimiento climático.
Rosa Martínez es secretaria de Estado de Derechos Sociales.