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La falacia de la no sustitución

Emilio Santiago

A medida que la revolución electrorrenovable sorprende al mundo, incluidos a los que somos sus más fervorosos defensores, el argumentario de sus enemigos se va renovando. Una vez que parece bastante evidente que ni la intermitencia, ni los minerales, ni el espacio, ni la biodiversidad suponen obstáculos estructurales para su despliegue masivo, sino más bien fricciones gestionables o incluso oportunidades para perfeccionar la descarbonización (como sucede con la agrovoltaica o los santuarios oceánicos en parques eólicos marinos), sus detractores han encontrado un nuevo argumento: la transición energética sería una «ilusión» porque las renovables estarían añadiendo nueva energía al sistema, no sustituyendola. 

En parte, este nuevo enfoque se basa en el trabajo del historiador de la ciencia Jean-Baptiste Fressoz, traducido al castellano por Arpa bajo el título Sin transición. Una nueva historia de la energía. Un libro que, más allá de que plantee una tesis errónea, es interesante y merece ser leído: por un lado, apunta a un fenómeno parcialmente real —las simbiosis entre tecnologías energéticas— que debe tener su hueco en el debate público; por otro, está lleno de detalles y pasajes reveladores sobre hechos históricos pocos conocidos, como el movimiento tecnocrático en Estados Unidos o el vínculo entre el capitalismo carbonífero y el forestal. 

Pero el libro de Fressoz, que quizá contra su voluntad se ha convertido en la nueva biblia del retadirsmo climático ecologista, está construido sobre omisiones fundamentales, sostenido por una falacia argumental clave y además refleja una notable falta de imaginación prospectiva.  

Su visión de la historia de la energía como un proceso de adición de fuentes que se superponen entre sí es aparentemente cierto si atendemos a los datos agregados globales: hoy consumimos más petróleo, carbón, gas y biomasa que nunca. Pareciera que las renovables solo fueran otro piso más de una estructura que no puede ser transformada. Pero esta mirada oculta procesos de transformación nacionales y locales que son cualitativamente decisivos y que demuestran que el desplazamiento energético está siendo real, aunque todavía sea parcial. Por si las imágenes de las grandes chimeneas de centrales térmicas de carbón siendo demolidas en toda nuestra geografía no valieran más que mil palabras, intentemos explicarlo con las 1.192 palabras de este artículo.   

Tomemos como ejemplo la biomasa, que es uno de los argumentos que mejor funciona en el libro de Fressoz, porque es contraintuitivo para la idea convencional de progreso. Es verdad que las cifras agregadas de consumo global de biomasa para usos energéticos no han dejado de aumentar desde el inicio de la revolución industrial. Pero este dato oculta que estas se concentran hoy casi exclusivamente en África, un continente en fuerte expansión demográfica donde dos tercios de los hogares todavía dependen de recoger madera del entorno para cocinar. En el resto del mundo la sustitución de la biomasa ha sido casi absoluta. A finales del siglo XX, en países como China, Brasil, Indonesia o Tailandia la transformación ha sido mucho más rápida que la europea o norteamericana a principios del siglo XX. ¿Este hecho refleja que la transición energética es una «ilusión» o, como no podía ser de otra manera, que esta conocerá ritmos de desarrollo desiguales? Optar por la primera interpretación supone lo que en lógica se llama una falacia de composición: inferir la naturaleza del sistema entero a partir de una de sus partes. 

Lo mismo podríamos decir de otros muchos procesos de sustitución a escala local, nacional o incluso continental que hemos conocido en la historia industrial: desde el desplazamiento que el petróleo y la nuclear realizaron sobre el carbón en el siglo XX hasta el que hoy están protagonizando las renovables, el cual en Europa va camino de ser integral y que se está imponiendo hasta en el corazón mismo de una región petrolera como Texas, en Estados Unidos. Esto no es incompatible con el hecho de que el consumo total de carbón se haya incrementado, en la medida que la demanda energética mundial también lo ha hecho. Para que la visión holística de Fressoz tuviera sentido, habría que presuponer que la especie humana es un agente político unificado y sincronizado en sus impactos y sus ritmos. Como esto no es ni será así, la transformación de la energía solo podrá adquirir un formato «desigual y combinado», como cualquier otra realidad del sistema-mundo.  

Más allá de esta falacia de composición, a mi juicio, el error fundamental de Fressoz es su falta de interés por asumir la naturaleza radicalmente distinta de las energías renovables y el tipo de dinámicas históricas que va a posibilitar: una vez construido el stock de captación, como las energías renovables dependen del flujo inagotable de bienes comunes globales, y no de procesos extractivos, permiten ciclos de producción energética de coste marginal casi cero durante décadas. La relación costo-eficiente de la civilización solar es tan alta que quizá su principal problema es que el capitalismo puede llegar a quedarse pequeño ante su potencial de abundancia; sumemos a esto su carácter distribuido y, sobre todo, su modularidad. Porque esta es la clave de las curvas impresionantes de reducción de costes que estamos conociendo con las renovables y las baterías, un proceso que más bien deberíamos comparar con el abaratamiento de la informática y su ley de Moore. Lo que vamos a vivir con la energía renovable, si la política reaccionaria no lo trunca, es lo mismo que ha permitido que estés leyendo esta columna con un dispositivo millones de veces más potente que los que llevaron al ser humano a la Luna en 1969.

Fressoz, y buena parte del ecologismo que compra sus tesis, fallan porque no podemos pensar las renovables como si fueran una energía parecida a las que hemos conocido antes. Más bien son otra cosa: un salto metabólico cualitativo que se comportará de manera diferente. Y si bien es cierto que esta otra cosa todavía no ha logrado que las emisiones globales desciendan, como apunta Fressoz, hacer de este hecho coyuntural una foto fija demuestra, cuanto menos, una capacidad de proyección muy modesta. 

Y es que el sistema sociotécnico renovable lleva apenas diez años desplegándose en serio. El sistema sociotécnico fósil, por su parte, acumula dos siglos de cristalización infraestructural. Con esta asimetría histórica, lo sorprendente no es lo que las renovables no han podido hacer todavía, sino lo que ya han hecho: tras poco más de una década, ya podemos constatar sustituciones energéticas parciales en muchos sectores estratégicos y países clave, desde el consumo de carbón británico, desplomado a niveles preindustriales, a los 400.000 barriles diarios que ya se ahorra China gracias al coche eléctrico. 

La infravaloración de estos cambios es un hábito común en la izquierda y en el ecologismo, que solo se explica por uno de estos dos motivos: o bien por una notable incapacidad para entender que la historia es un proceso dinámico, complejo y plural atravesado por cambios cualitativos o, lo que sería peor, por una voluntad de dar argumentos a esos sectores sociales que necesitan, por ideología o por intereses materiales, que la transición energética fracase. El primero de estos motivos se puede corregir. El segundo debería llevar al ecologismo y a la izquierda a un diván de psicoanálisis ideológico. 

Emilio Santiago es doctor en Antropología y científico titular del CSIC. Es también miembro de Meridiano. Instituto de Políticas Climáticas y Sociales. Sus últimos libros son Contra el mito del colapso ecológico (Arpa, 2023) y Vida de ricos (Lengua de Trapo, 2025).

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