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La mercantilización de la incertidumbre

Ismael Morales

Es evidente que estamos en un momento de desconcierto absoluto. El futuro no solo es negro, sino que ese color cambia a diario. Lo que ayer parecía evidente e inamovible, en dos días da un giro de 180 grados y se convierte completamente en lo contrario. Nos sentimos desubicados en un mundo que parecemos desconocer. Vivimos en la era de la imprevisibilidad.

Nunca el mundo había sido tan imprevisible: tensiones geopolíticas en fronteras lejanas y cercanas, quiebra del multilateralismo, retorno al viejo orden mundial del imperialismo, acciones impunes en directo, inflaciones disparadas en recursos básicos, discursos radicales que enfrentan a la población con la única motivación del odio por el odio, y un sinfín de ejemplos más.

Esta confusión, premeditada e impostada en la mayoría de los casos por el capitalismo tardío, como es el ejemplo evidente del trumpismo y sus sucedáneos, permea en todos los sectores económicos y productivos. A esta atmósfera se une el aumento de las brechas sociales y las desigualdades —lo que incrementa la sensación de caos al hacer que este se vuelva personal—, de pérdida de una visión clara de futuro a la que dirigir la voluntad y las decisiones para construir una vida.

Otro de los temas afectados por el incremento de la percepción de inestabilidad es el cambio climático, por muy denostado que este esté mediáticamente y en el debate público debido al empuje de las corrientes negacionista y retardista. Pero en este caso el problema es doble, porque el cambio climático como tal ya encierra un elemento intrínseco de incertidumbre.

Los modelos científicos más avanzados elaboran múltiples escenarios con numerosas variables con el fin de alcanzar una predicción de lo que está por venir y poder anticiparnos. Las grandes bolsas nacionales, los fondos de inversión y los índices bursátiles, por su parte, bailan al son de una declaración inoportuna en redes sociales y, de la noche a la mañana, la temperatura financiera y la seguridad de invertir en todo tipo de tecnologías (IA, renovables, microchips, etcétera) se tambalea por la pérdida de apoyo regulatorio. Mientras, por el lado contrario, apostar todo al petróleo, al gas y al armamento se ha vuelto la opción más sencilla, un refugio de doble filo. Por tanto, vivimos en una paradoja: invertir en el ayer para asegurar la rentabilidad y estabilidad del mañana.

Además, ahora, la incertidumbre climática se liga a la incertidumbre global, atomizada en muchos casos a nivel nacional, regional y hasta local. Aquí es donde se ubica el nicho de mercado de muchas empresas de consultoría, convertidas en aves de rapiña porque, de hecho, lo que menos les interesa es solventar el problema que les asegura flujo de caja.

Dentro de la ola de desregulación sectorial, ese «menos Estado» que se promueve desde ideologías neo- y anarcoliberales ofrece a estas empresas de consultoría un lucrativo modelo de negocio. Así, defienden indirectamente que el Estado se reduzca hasta ser inane: que no planifique, que no controle, que no ejerza de garante legal, que no innove, no genere una hoja de ruta clara, que no intervenga ni marque objetivos a largo plazo. Es decir, que el mercado opere por sí mismo y en sus propios términos, persiguiendo aumentar todavía más la incertidumbre, vendiéndola como una «liberalización», con el fin de que surjan nuevas empresas al calor del libre mercado. Una jugada magistral porque solo otorga mayor poder a los grandes conglomerados que, en muchos casos, pervierten la esencia de la transición energética.

Debemos revisar de arriba abajo el funcionamiento de un sistema complejo como es el de la transición energética y ecológica. Existen múltiples actores con músculo financiero y con capacidad de presión política multinivel en las administraciones, una cantidad ingente de nueva regulación que aplicar, bandazos de los mercados internacionales de los bienes básicos energéticos, una reconfiguración (más bien, concentración) de los países importadores y exportadores de combustibles fósiles. Este escenario requiere una importante tarea para la que debemos disponer de la mayor previsión, estabilidad y agilidad posible.

En ese marco, las consultoras no son neutrales. A pesar de que algunas veces digan una cosa, en otras lo contraria y al día siguiente calquen los intereses de sus clientes en informes tildados de «independientes», venden la verdad, su verdad, la verdad de la propiedad privada. Son aliadas de este orden incierto y se aseguran de dar respuestas certeras e inamovibles, sin pelos en la lengua debido a su grado de experiencia, desviando la pregunta real o vendiendo una argumentación confusa y así volver a promocionar su servicio y consolidar sus ingresos.

Además, su esquema siempre es igual de previsible y banal: invalidan los resultados de otras empresas de la competencia (por no hablar de los ataques a quienes los hacen sin ánimo de lucro) y presionan para conseguir clientes mediante la difamación de los contrarios a través de unos esbirros camuflados como consultores con MBA en universidades con un nombre en inglés. Obviamente, todo ello envuelto con un lazo creado por los periodistas y periódicos de parte que comparten la misma propaganda e ideología económica. Es un círculo vicioso sin salida, pero extremadamente lucrativo para todos los que quieren que la rueda de la incertidumbre nunca se detenga. Esa dinámica perversa de vender modelos matemáticos, esconder la metodología entre ese aparente halo de rigor y neutralidad y desprestigiar el resultado de los demás, tiene el único fin de ganar y ampliar su red clientelar. Huelga decir que para ello usan metodologías retorcidas hasta obtener los resultados que el cliente espera y por el que han pagado cifras con más de cinco ceros. Parafraseando a Groucho Marx: «estos son mis resultados y, si no le gustan, tengo otros».

No existe una solución rápida y eficaz a esta dinámica voraz, porque las empresas siempre seguirán teniendo unos intereses de parte en los mercados en los que operan. Pero el problema es que el nuevo campo de batalla ha llegado hasta las redes sociales, en las que se ha perdido el rigor y quien más humo vende, más se proyecta como experto.

Este artículo no es más que un síntoma de hastío de quien interviene en ese tablero a diario. Aunque parezca muy utópico, por no decir estrafalario, hay que plantear ciertas propuestas para, quizá no solventarlo de pleno, pero sí contrarrestar esa tendencia mayoritaria. Necesitamos regular la contratación de consultoras privadas mediante cláusulas de transparencia metodológica, la publicación obligatoria de conflictos de interés y el fortalecimiento de una soberanía técnica pública a disposición de todo el mundo. Solo a través de la auditoría independiente de informes y la fiscalización de este nuevo lobbying clientelar se puede garantizar que las políticas energéticas respondan al interés general.

Tenemos que intentar detener la rueda, generar consensos y concretar hojas de ruta en las que impere la veracidad sobre el humo, sobre la red clientelar que no es más que un vasallaje a los grandes capitales que, hoy en día, abogan más por destruir y expoliar democracias que por construirlas y reforzarlas.

Ismael Morales es responsable de Política Climática de Fundación Renovables.

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