Andrea Arnal ||
Es bastante habitual ver a los CEO de las grandes empresas anunciar planes muy ambiciosos para afrontar la crisis climática, señalando grandes reducciones de emisiones en un lustro o una década y asegurando que sus empresas serán neutras en emisiones de carbono en 2050.
Esos planes no suelen ser especialmente concretos y tampoco suelen abordar las emisiones indirectas, es decir, aquellas que se producen como consecuencia de las actividades de la organización pero en una fuente que es propiedad de otra compañía, como por ejemplo el transporte de materias primas y productos terminados, y que en muchos casos suponen la mayor parte de las emisiones. No obstante, estos planes son en cualquier caso un reconocimiento de que la actividad económica de la organización es parte del problema que es la crisis climática.
Pero una cosa es lo que dicen y otra lo que hacen, y cuando de adaptarnos y mitigar la crisis climática se trata, el cuento es bien distinto. Sus estrategias de adaptación poco tienen que ver con mejorar la resiliencia de los entornos locales, ayudar a impulsar políticas e infraestructuras urbanas verdes o hacer presión para que las administraciones mejoren el sistema de transporte colectivo eléctrico. No: lo que se dedican a idear son originales maniobras de escapismo que les permitirán sortear un supuesto colapso ambiental derivado de la crisis climática. En teoría.
Independientemente de si lo consiguen o no, que intenten esquivar de manera clara los efectos del cambio climático alejándose de la sociedad preocupa porque, además de no atajar el problema desde la raíz, que es a través de la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, no son sino una losa más en el camino para hacer que esto ocurra. Porque es la continuidad de sus diferentes actividades económicas lo que hace que las sociedades de todo el planeta cada vez encuentren más difícil cohabitar en un planeta con un clima que año tras año se vuelve más impredecible.
Pero, ¿cuáles son las formas en las que los millonarios piensan escapar de los efectos del cambio climático? Las estrategias son diversas y variadas, y van desde la construcción de búnkeres de superlujo con piscina, gimnasio y centro comercial, la creación de comunidades neofeudales, pasando por la clásica invención de naves espaciales para abandonar la Tierra.
El negocio de aislarse
Si bien como sociedad disponemos de herramientas para adaptarnos a la crisis climática, como el Plan Nacional de Adaptación al Cambio Climático (PNACC) en España, o la Estrategia de Adaptación de la Unión Europea, han aparecido también alternativas que se formulan a título individual y que pasan por preparar a los individuos para afrontar cualquier posible catástrofe, ya sea una pandemia, un huracán o tsunami, o el juicio final. Por supuesto, el colapso climático también lo contemplan. Son los preparacionistas, o preppers, y en internet son legión.
Ahora, además, los preppers no solo son cuatro frikis que se preparan para el fin del mundo, sino que el movimiento está consiguiendo cada vez más adeptos en todos los estratos sociales, también en el de los superricos. Y la estrategia preparacionista de estos últimos va más allá de hacer acopio de bienes básicos como papel higiénico y latas de conserva sin una fecha clara de caducidad con las que alimentarse durante años: compran búnkeres de lujo bajo tierra en lugares recónditos del planeta.
Esto lo cuenta bien el escritor Douglas Rushkoff en La supervivencia de los más ricos, donde explica cómo los multimillonarios disponen de elaborados planes de huida para escapar de la sociedad en cuanto las cosas se pongan feas. En su ensayo cuenta que en una ocasión un grupo de multimillonarios le invitó a una reunión en medio del desierto para hablar, en principio, del futuro de la tecnología. Lo que se encontró al llegar fue a un grupo de gente con mucho dinero y muy preocupada por cómo ellos, a título individual, podrían afrontar el colapso que iba a traer consigo el desarrollo tecnológico que ellos mismos fomentaban. Sálvese quien pueda. Le hacían preguntas irrisorias, como si era mejor para aislarse Nueva Zelanda o Alaska, cuánto tiempo máximo se puede sobrevivir sin ayuda externa o si un refugio debe tener su propio suministro de aire. A los superricos, cuenta Rushkoff, también les preocupaba qué hacer en caso de sublevación en sus propios dominios: ¿cómo mantengo la autoridad sobre mi fuerza de seguridad?
Mansiones bajo tierra
Hablar de búnkeres era habitual en los años duros de la guerra fría ante la tensión nuclear existente entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Con el tiempo, la demanda se volcó más hacia habitaciones del pánico o estancias de seguridad blindadas, y dejaron de tener ese carácter de refugio que ahora con la pandemia se reavivó, debido a la preocupación por el colapso de la sociedad ante una catástrofe.
Hoy día, cuando se piensa en un refugio de alta seguridad uno se imagina un cuarto pequeño con paredes de cemento que se encuentra bajo tierra y que está equipado con literas, una enorme cantidad de comida enlatada y elementos suficientes para sobrevivir en una situación de emergencia. Estos son los búnkeres más habituales, pero en el mundo de los multimillonarios, la cosa es distinta.
Los hay tipo colmena de apartamentos de lujo bajo tierra, también los hay separados los unos de los otros pero instalados en un gran complejo que cuenta con comodidades como teatro, gimnasio, huerto y clínica médica, los hay que son megaplantas subterráneas para clientes selectos… Los hay en Estados Unidos, por supuesto, pero también en Europa. Y eso incluye también España.
El boom pospandémico
Desde hace unos años, las obsesiones por salvarse a título individual cada vez tienen más acogida entre las personas que ocupan las esferas más altas de la sociedad. Ya en 2017, la revista The New Yorker hablaba de cómo cada vez hay más preparacionistas en las altas esferas estadounidenses. Ya entonces decían que existía cierta moda entre los millonarios de comprar propiedades inmobiliarias en Nueva Zelanda con el fin de disponer de un plan de emergencia para huir si finalmente se produce lo que podemos entender por colapso.
Sin embargo, una búsqueda en Google Trends revela que los picos de interés máximo sobre búnkeres fueron, tanto a nivel nacional como internacional, junio de 2020 y marzo de 2022. Por entonces, la prensa de todo el mundo publicó reportajes y piezas hablando de este tema, coincidiendo con un momento de histeria colectiva generado por la pandemia del Covid-19.
Si bien las propuestas de búnkeres más extremas se encuentran en Estados Unidos, donde existe una tradición mayor de este tipo de edificaciones, también hay ejemplos (de éxito dudoso) en España. Está el portal Bunkeralia, que recibió en los años pospandemia cierto interés mediático por parte de algunos digitales a partir de un reportaje que hizo Business Insider en 2021. En él participó el gerente de la empresa, un tal José María del que no se mencionaba el apellido, que señalaba que había «notado un crecimiento [de llamadas preguntando por refugios de este tipo] en el último año del 30% o 40%, y sigue en aumento». Aseguraba también que «prácticamente todos los días llama alguien o manda un correo solicitando información». Estas declaraciones aparecieron íntegras replicadas en algunos medios digitales más, como ABC, The Independient (en español), o El Correo Gallego. A día de hoy, sin embargo, el site de Bunkeralia no existe. ¿Muerte por éxito?
Otras páginas que en teoría ofrecen servicios de construcción de estas infraestructuras arrojan en su formulario de contacto números de teléfono que vienen por defecto con la plantilla de WordPress, o son simplemente portales que no generan demasiada confianza, sobre todo para poner nuestras vidas en sus manos al delegarles la responsabilidad de construir un refugio con el que sobrellevar el hipotético colapso derivado de la crisis climática.
Y como ejemplo significativo está ese búnker-oscensedel- que-todos-los-portales-hablan, ubicado en la comarca de La Ribagorza, a noventa kilómetros de Huesca y sesenta y cinco de Lleida, en el Prepirineo. Su venta ha sido difundida por Idealista, El Confidencial, El Español o el Huffington Post, pero lo cierto es que en el portal indican que no recibió ni una sola puja. Y eso que salió a subasta hasta tres veces distintas y que es el único que se ha puesto a la venta en el portal.
Así las cosas, no parece que en España los búnkeres de lujo sean un negocio boyante. No es así sin embargo en otros lugares del mundo, como Nueva Zelanda, donde Rising S. Corporation está haciéndose de oro construyendo búnkeres de supervivencia para empresarios de Silicon Valley, según una investigación realizada por la agencia Bloomberg.
Colonizar islotes
Que los megarricos inviertan parte de sus ingresos en comprar mansiones en urbanizaciones ultraexclusivas y ultraprotegidas es algo que se lleva haciendo muchísimo tiempo. En España tenemos el famoso ejemplo de Julio Iglesias y sus diversos casoplones en Indian Creek, un pequeño territorio situado en la laguna tropical de Biscayne Bay, entre Miami Beach y Bal Harbour.
A Indian Creek solo se puede acceder a través de un puente permanentemente custodiado por más de una veintena de agentes. Las motivaciones del cantante no parecen tener que ver con crear una especie de sociedad autogestionada para esperar al colapso, pero el concepto de isla apartada de Iglesias se parece al de alguien que sí pretende vivir de forma aislada en una ínsula autogestionada que no necesite nada del mundo exterior. Ese alguien es Mark Zuckerberg.
Un reino en Hawái
Uno de los fundadores de Meta (antiguamente Facebook), tiene dos ideas de cómo sortear el colapso. Una es para la población mundial, y consiste en crear un vasto universo digital —el famoso Metaverso— en el que vivir una vida ficticia alejada de las grandes catástrofes que en la vida real asolarán al mundo —guerras, desigualdad, falta de agua—. Para construir ese metaverso, por cierto, se necesitan grandes cantidades de recursos naturales. El otro plan lo desarrollará en el mundo analógico, pero en él solo caben treinta personas además de él. Está ubicado en Hawái y ocupa quinientas hectáreas (sesenta y cinco veces la superficie del Palacio de Buckingham o de Versalles) según una investigación de la revista Wired publicada a finales de 2023.
En concreto, la idea de Zuckerberg es que sea autosuficiente: cuenta con un enorme depósito de agua y terrenos dedicados al cultivo y la ganadería. También gimnasio, sauna, jacuzzi, spa, piscina y cancha de tenis. Y búnkeres, por cierto. Pero lo relevante es que por toda la propiedad habrá bloques de todo tipo, algunos serán casas para invitados y otros edificios administrativos y de servicio. Se tratará de una miniurbe autogestionada y secreta.
Mientras tanto, ese mundo del que parece prepararse para huir se calienta gracias en parte a sus inversiones en IA, cuyos modelos pueden llegar a emitir casi 284.000 kilogramos de dióxido de carbono equivalente (CO2e) en todo su ciclo de vida, lo que es casi cinco veces más que las que las emisiones generadas por un coche estadounidense medio durante toda su vida útil (incluida la propia fabricación del vehículo). Los juegos en la nube, necesarios para la realidad virtual, también podrían aumentar las emisiones de carbono para 2030. También crecerá la necesidad de imágenes de alta resolución, lo que solo aumenta la necesidad de más energía.
El delirio marciano
El ser humano lleva toda la vida soñando con colonizar y vivir en otros planetas. A veces se plantea como un interés genuino por expandirse como especie, pero para algunos también representa la posibilidad de escapar de un mundo que ellos mismos están destruyendo, como es el caso de Jeff Bezos, fundador de Amazon, y del empresario Elon Musk. «Tenemos que construir un camino al espacio para que nuestros hijos y sus hijos puedan construir un futuro», declaró el hombre más rico del planeta a la cadena de televisión estadounidense MSNBC tras regresar de su famoso vuelo espacial en 2021 a bordo del Blue Origin.
Pero el que ha puesto de verdad sobre la mesa la posibilidad de viajar a Marte es Musk a través del desarrollo de su empresa espacial SpaceX. En numerosas entrevistas y desde hace más de una década, Musk ha afirmado con rotundidad que en pocos años los viajes tripulados a Marte serán una realidad y que, gracias al desarrollo de sus cohetes, conseguirá abaratar muchísimo los vuelos. Estamos en 2024 y el sueño (o delirio) marciano aún está lejos de cumplirse.
Vuelta al feudalismo
Existen algunas interpretaciones sobre por qué los millonarios están actuando así. Expertos de la Universidad de Queensland (Australia), plantean en un artículo en The Conversation que muchas de estas estrategias de escapismo establecen un nuevo feudalismo: «En Kauai, los miembros de una comunidad han consentido o concedido otorgarle a un plutócrata la administración de su tierra, en nombre de la preservación. Este es un modelo de negocio que conduce directamente de vuelta al feudalismo», señalan los expertos.
Es decir, que detrás de la idea de crear ecosistemas totalmente autosuficientes, está el hecho de que estos territorios no dejan de estar controlados y gestionados por una sola persona, al más puro estilo siglo XII. De hecho, es una idea que ya se destila del extenso reportaje de Wired sobre Zuckerberg cuando una de las entrevistadas, vecina del magnate y ex concejala de la zona, señala que allí la gestión del territorio está virando hacia una «nueva economía que básicamente sirve a los caprichos de los ricos».
Ejemplos de nada
Más allá de las motivaciones reales respecto a por qué los superricos actúan de esa manera, que posiblemente nunca conoceremos, su actitud es un reflejo de la hiperindividualización que supone vivir en el sistema liberal actual, en el que está normalizado que alguien adopte una actitud individualista para afrontar un problema que amenaza a una sociedad entera. Sálvese quien pueda.
«Él [Jeff Bezos] y el resto de multimillonarios obsesionados con el espacio son exactamente como los hombres ricos que iban a bordo del Titanic y que, cuando se dieron cuenta de que el barco se estaba hundiendo, pasaron por encima de las mujeres y a los niños para saltar ellos a los botes salvavidas. Mientras el público mira boquiabierto y sonríe ante el espectáculo del despegue de los turistas espaciales, lo que en realidad estamos presenciando es el ensayo general de un plan de huída: la encarnación pura y destilada del concepto de egoísmo, que cobra vida en un espectáculo desenfrenado», señala el escritor y columnista Hamilton Nolan en una pieza para The Guardian.
La crítica más habitual que reciben estos superricos por parte de otras personalidades del mundo académico o activista es que el dinero que suponen tales inversiones bien valdría para atajar la crisis climática, mucho más barato que intentar mover a una sociedad entera a Marte: «Lidiar con el cambio climático en la Tierra es pan comido comparado con hacer que Marte sea habitable. Así que no creo que debamos plantearlo como un objetivo a largo plazo», señalaba en una entrevista reciente a The Telegraph Lord Martin Rees, cofundador del Centro para el Estudio del Riesgo Existencial de la Universidad de Cambridge. «Podríamos dedicar una cantidad equivalente de energía intelectual y política a evitar una catástrofe climática en este planeta en la próxima década o dos», añade el filósofo del clima Byron Williston.
Lo cierto es que las cuentas salen. Tal y como indica Elisa Sainz de Murieta, investigadora asociada del Basque Centre for Climate Change (BC3) y profesora en el departamento de Economía Aplicada en la UPV/EHU, «la ciencia ha mostrado una y otra vez que hacerle frente al cambio climático es más barato que los impactos y sus consecuencias. Y no solo es más barato, sino que también es más favorable desde un punto de vista social y ambiental», explica. «Al final, la reducción de emisiones (lo que conocemos como mitigación) nos devuelve 1,9 euros por cada euro invertido. Proteger nuestro clima nos trae casi el doble de beneficios que dañarlo», concluye.
Su (gran) parte de responsabilidad
La evidencia científica reconoce de manera prístina las múltiples formas en que el cambio climático exacerba las desigualdades sociales y económicas existentes. Ya lo señala el sexto informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC), cuyos autores aseveran que «las vulnerabilidades y desigualdades existentes se intensifican con los efectos adversos del cambio climático». También indican que «estos impactos afectan desproporcionadamente a los grupos marginados, amplificando las desigualdades y socavando el desarrollo sostenible en todas las regiones».
En este escenario, en el que los que tienen más se adaptan y los que menos perecen, hay que insistir en la idea de que la crisis climática es un proceso profundamente desigual, también a nivel de emisiones: el 1% más rico genera anualmente el 16% de las emisiones de carbono a nivel global. Esto no solo tiene que ver con sus extremadamente contaminantes modos de vida —un trayecto corto en jet privado produce más emisiones de CO2 que las que produce de media una persona en un año—, sino en sus inversiones, pues es ahí donde se generan entre el 50 y 70% de los gases de efecto invernadero, como el dióxido de carbono o el metano.
Los grandes perdedores
«Buena parte del comportamiento de las personas más ricas del mundo puede entenderse como un lamentable intento de evitar algo que es imparable, como una persona que levanta las manos para detener un tren de mercancías que se aproxima», reflexiona Nolan en otra pieza de The Guardian. Y añade que, aunque «no podemos igualar a las mayores fortunas del mundo, pero podemos consolarnos sabiendo que se están desperdiciando en la locura más antigua de la humanidad».
«Lo que acabé entendiendo es que estos hombres son en realidad los perdedores», reconoce Rushkoff en su ensayo. «Los multimillonarios que me llamaron al desierto para evaluar sus estrategias de construcción de búnkeres no son tanto los vencedores del juego económico como las víctimas de sus reglas perversamente limitadas. Más que nada, han sucumbido a una mentalidad según la cual “ganar” significa tener suficiente dinero para aislarse del daño que están creando con su forma de hacer dinero».
Al final, si llega el apocalipsis y nos aboca a todas a un estado de supervivencia, lo primero que perderá todo su valor será precisamente el dinero.