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Nucleares, una batalla estética

Alejandro Tena

Se pueden enumerar, de una forma visual, las desventajas de mantener abiertos los reactores nucleares españoles más allá del calendario pactado en 2019. Se puede, además, reflejar todo en potentes infografías que acrediten que la energía que se produce en Almaraz o en Ascó es mucho más cara que las proveniente de otras fuentes y que, de seguir apostando por ello, los españoles terminarán pagando más en sus facturas. Es posible grabar un vídeo, solo hace falta algo de maña, una buena voz de locución y un programa de edición, donde analicemos en breve tiempo cómo las centrales nucleares son en realidad un lastre para nuestra descarbonización.

Los datos los tenemos sobre la mesa. Fundación Renovables ha publicado recientemente varios informes sobre ello; también lo hizo la prestigiosa economista Natalia Fabra, y, a buen seguro, en estos últimos meses no han faltado columnas y artículos que esgriman argumentos de peso para mantener el cierre nuclear tal cual estaba previsto.

Extender la vida de las nucleares supondrá frenar la inversión y la instalación en plantas renovables, impidiendo cumplir con el PNIEC; el plan de prolongar el calendario impactará en la factura de la luz, pues la nuclear una tecnología mucho más cara de las renovables; además, agravará el déficit actual de 5.000 millones de la tasa ENRESA que sirve para gestionar los residuos radiactivos del sector. El impacto que tendrá modificar los planes de cierre de las centrales en el despliegue de renovables y en la descarbonización de nuestro sistema energético es enorme. Decenas de informes independientes así lo acreditan.

Efectivamente, contamos con datos fehacientes que respaldan el apagón nuclear para avanzar hacia un descarbonizado y eficiente, pero, para convencer, en este extraño siglo XXI necesitamos más ingredientes. Hace falta más música épica y un discurso que apele a las emociones. Necesitamos que cualquier persona de cualquier estrato social sin contacto con el mundo energético y ambiental disponga no solo de argumentos, sino también de emociones primarias que la empujen a rechazar una España con reactores activos más allá de 2035.

La disputa por el cierre nuclear no es únicamente una disputa técnica, también es una batalla estética e ideológica. El apagón del 28 de abril de 2025 ha elevado, si cabe, el tono argumental de quienes defienden la energía atómica en España, poniendo sobre la mesa cuestiones que calan en la sociedad. Han extendido, así, un nuevo imaginario: los reactores son robustos, nos aportan seguridad de suministro; las renovables, endebles, son la causa del cero energético. Da igual que las empresas propietarias del parque nuclear hayan admitido a la CNMC su incapacidad para ejercer labores de control de tensión. Da igual, también que las plantas fotovoltaicas, a nivel técnico puedan hacerlo, como ya lo hacen en Portugal desde 2020. Las encuestas realizadas en el último año, como la de BeBartlett y Cluster 17 o las realizadas por More In Common, demuestran que la población española confía en la energía nuclear para cuestiones de seguridad. Y esto no ese debe, precisamente, gracias a una campaña basada en datos. Es gracias a la desinformación, sí, pero también a un goteo de mensajes que apelan a preocupaciones que afectan al día de las personas. Podemos dedicar horas de lamentos sobre lo mezquino que es emplear una tragedia, como el apagón, para afianzar un relato, pero eso no es más que mencionar lo obvio para dejar de lado la posibilidad de construir nuevas narrativas que desmonten, pero que también aporten.

Los datos son importantes para rebatir esto. ¿Pero hasta qué punto merece la pena enredarse en cuestiones extremadamente técnicas? ¿Es útil recurrir únicamente a la evidencia cuando tu oponente está construyendo de hecho una realidad política al margen de ella? Este no es un llamamiento para dejar de lado la ciencia, pero sí una reflexión sobre la necesidad de edificar nuevos discursos sustentados en algo menos frío y alienante que una simple tabla de Excel. Necesitamos gráficas, por supuesto, pero no para usarlas en una lógica de confrontación en la que siempre vamos a rebufo y las cuales, además, son denostadas por los algoritmos que engrasan la opinión pública. Dicho de otro modo, los datos no son útiles sí solo nos sirven para desmentir bulos.

Pensar que las derechas únicamente esparcen desinformación es no ver más allá del tuit. Cada bulo tiene un objetivo mucho más preocupante: romper consensos. Lo hacen con la migración, con la violencia machista, con el cambio climático, con el derecho a la vivienda… y ahora también con la política energética. Al cuestionar el calendario de cierre de las nucleares, han conseguido colocarse a la ofensiva en el tablero de juego de uno de los escasos lugares donde andaban, hasta hace nada, desnortados y sin propuestas de calado: la transición energética. La petición de que Almaraz siga operando más allá de 2027 es un ataque directo a la planificación renovable, una puñalada al corazón de la lucha contra el cambio climático que abre una grieta en uno de los acuerdos unánimes adquiridos por la sociedad española en la última década: el futuro debe ser renovable. La nuclear es su caballo de Troya y les permite, por primera vez, cosechar algo de legitimidad a la hora de hablar de transición energética.

Para conseguirlo, han elaborado un discurso lleno de medias verdades –en redes sociales, en platós de televisión y en el propio Congreso de Diputados– y han conquistado un espacio político, a menudo caricaturizado desde la izquierda, que es el de la lógica del sentido común. Ideas simples para personas, todos nosotros, que carecemos de tiempo para contrastar datos y entender los engranajes del sistema eléctrico y energético español. Han usado datos, casi todos ellos, retorcidos y fáciles de desacreditar. Pero también han apelado a la emoción. Almaraz debe continuar porque solo así mantendremos el empleo de una región azotada por la despoblación como es Extremadura. Debe continuar, porque Europa dice que los reactores nos brindan energía limpia que nos ayudará a luchar contra el cambio climático. Debe seguir operando porque las centrales nucleares son una tecnología fiable en la que, fuera de España, todos confían: desde los ecologistas nórdicos, hasta los liberales franceses, pasando por los comunistas chinos. Debe continuar porque no tiene sentido desmantelar algo que ya funciona. Es de sentido común.

¿Por qué no apuntar en esa dirección? Dejar la tasa ENRESA para los entendidos y hablar de cómo cinco años más de funcionamiento nuclear pueden disparar la factura de la luz de los hogares. Y por qué no apuntar a la dependencia de países tiranos para comprar uranio y a cómo las renovables son la única opción para ser independientes, para tener una energía propia, nacional y sobre la que ser verdaderamente soberanos.

En estas líneas no hay recetas, solo diagnóstico. Apelamos, pues, a encontrar un camino que consiga engrosar las filas de la lucha antinuclear, que debe ser la misma lucha de quienes defienden el futuro renovable y, por tanto, de quienes creen en la soberanía energética como única opción para construir un país libre. Tenemos los datos, ahora vamos a hacer que nuestras gráficas sean sexis.

Alejandro Tena es periodista e historiador y trabaja como responsable de Comunicación en Fundación Renovables.

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