Xan López
¿Es el petróleo la causa fundamental de la agresión de Estados Unidos contra Venezuela? Pienso que no lo es. Aunque vaya en contra del sentido común histórico de las últimas décadas. Incluso aunque vaya en contra de algunas declaraciones explícitas de los agresores. Es una intuición a contrapelo, que intenta hacerse cargo de lo que siento como enormes cambios en el tablero de la política mundial en los últimos años. Las viejas recetas ya no son suficientes, y hay que esforzarse por mirar de frente a lo que está cambiando, a lo que ya no es como era antes. Repasemos esos cambios.
En primer lugar, y quizás este sea el cambio de más calado, hoy en día Estados Unidos es el mayor productor de petróleo, muy por delante de Arabia Saudí. La realidad es que hay un exceso de varios millones de barriles al día en el mercado, y previsiblemente esto no va a hacer más que empeorar debido a la electrificación del transporte y otros procesos industriales. Esto se afirmar, tal cual, en los últimos informes de la AIE.
Segundo, no todo el petróleo es igual. El que produce Estados Unidos es mayormente «ligero» (menos viscoso) y el que tiene Venezuela es «pesado» (más viscoso). El petróleo ligero es más fácil de refinar y es más caro. Lo que ocurre es que Estados Unidos está rodeado de productores de crudo pesado (Canadá, México, e incluso la propia California), de modo que, por motivos históricos, muchas de sus refinerías están preparadas para trabajar con ese tipo de crudo y modificarlas es muy caro. Un argumento razonable sería el siguiente: Estados Unidos exporta mucho, pero quiere controlar el petróleo venezolano para su suministro doméstico. El problema en este caso es doble: primero, Nicolás Maduro ya le había prometido todo lo que quisiera en ese frente, y segundo, Estados Unidos hoy en día recibe lo que necesita fundamentalmente de Canadá. Estados Unidos, por lo tanto, no depende de Venezuela en ningún sentido claro, y ya habría alcanzado todos sus posibles objetivos sin necesidad de una agresión militar. Incluso las exportaciones de crudo de Venezuela están ya en mínimos históricos, debido en buena medida a las sanciones estadounidenses.
El tercer motivo de que no esté del todo claro que la agresión estadounidense esté motivada principalmente por el petróleo venezolano es que llevamos ya unos cuantos años en los que dirigentes políticos de diversos países hacen muchos esfuerzos por romper el frágil consenso de la legalidad internacional que todavía sobrevive, para avanzar a un mundo multipolar con «zonas de influencia» en las que un Estado fuerte pueda imponer sus reglas sin necesitar mayores justificaciones. Lo vimos claramente con Putin en Ucrania, lo volvimos a ver con Netanyahu en Gaza e Irán, y lo estamos viendo ahora con Trump en Venezuela (y antes con Groenlandia, tema que aún está pendiente de resolverse).
Cuando pasan estas cosas siempre hay análisis que intentan defender que existe una motivación «profunda» por el control de algún recurso importante, pero creo que eso es entender el presente al revés. El control de recursos puede ser un extra bienvenido, pero la motivación fundamental es ideológica. Efectivamente, puede que a Trump el petróleo le importe personalmente, y como decía antes a eso apuntan sus declaraciones en los últimos tiempos, e incluso en las últimas horas. La pregunta importante es si esta es una cuestión meramente personal, propia de alguien que vive estancado emocionalmente en los años ochenta del pasado siglo, o si la lucha por el control estratégico del petróleo sigue siendo un elemento fundamental que explique en buena medida algunas acciones de Estados Unidos, como lo hacía en la segunda mitad del siglo XX. Mi impresión es que eso ya no es así y que ahora vivimos en otro mundo cualitativamente diferente. Perfectamente podemos estar en una situación en la que Trump, al frente de la locomotora de su país, se vea movido por una mentalidad de agresiones por petróleo; seguramente sea más relevante preguntarse cuáles son las intenciones de quienes están rediseñando el mapa y la ruta por la que avanza esa locomotora.
En cualquier caso, parece evidente que la motivación de Trump en Venezuela es fundamentalmente ideológica y que ha hecho esto porque puede y quiere hacerlo. Está avanzando en la construcción de un mundo diferente, el mundo que él prefiere, el famoso «corolario Trump» a la Doctrina Monroe que figura en su última Estrategia de Seguridad Nacional. Una doctrina, la de la hegemonía estadounidense sobre el hemisferio occidental, sobre la que ha hablado hoy mismo largo y tendido, amenazando a todos los países de su entorno con la subordinación sin importar el tipo de recursos que posean. Lo mismo pasa con Putin y lo mismo pasa con Netanyahu. Si solo buscasen el beneficio económico no harían lo que hacen. En lo que respecta al petróleo y la crisis climática, la forma de intervención principal de Trump es y seguirá siendo interferir en otros países para hacer descarrilar su transición energética y mantener su dependencia fósil. Esa es la única esperanza de los intereses fósiles reaccionarios: que los demás sigamos utilizando sus productos. Si el resto alcanzamos la soberanía energética renovable, ellos perderán una herramienta de presión y control que no solo quieren por motivos económicos, sino fundamentalmente por motivos ideológicos.
Un planeta en el que un puñado de países dictan las normas del mercado energético, ya sea por el control de los recursos fósiles o por su poderío militar (o en el caso de Estados Unidos, las dos a la vez), es un planeta que se adapta mejor a la cosmovisión reaccionaria. Un planeta en el que todos los países pueden ser soberanos energéticamente produciendo o importando manufacturas modulares baratas y sencillas que aprovechan un recurso abundante es un planeta mucho más difícil de dominar. No desaparecen todos los problemas, pero desaparece una fuente histórica de conflictos sangrientos y brutales.
Soy consciente de que rechazar que la motivación principal de Estados Unidos a la hora de invadir un país con grandes reservas de petróleo sea hacerse con el control de esas reservas es como decir que llueve de abajo para arriba. Sobre todo si uno habla desde y para la izquierda. Lo cierto es que en última instancia las causas de esta agresión son irrelevantes, siempre que uno se posicione en contra de ella, pero he escrito estas líneas porque creo que la lógica de la política exterior y la seguridad nacional en Estados Unidos es hoy en día muy diferente a la de hace veinticinco años (o cincuenta, o setenta y cinco), y que si no estamos atentos a esos giros nos va a costar mucho entender algunas cosas que pasan y seguirán pasando. El control y el acaparamiento de recursos son desde luego regalos jugosos de la expansión territorial, pero la motivación principal de las estrategias de seguridad nacional de Estados Unidos y Rusia, entre otros, es la imposición de las zonas de influencia y la humillación del más débil. La dominación sobre los otros puede traer beneficios económicos de todo tipo, pero estos no son el objetivo principal. El objetivo principal es la propia búsqueda de ese poder ejercido de forma arbitraria, personalista, fuera de toda ley o consenso mundial. Si antes la defensa de la democracia era la excusa para controlar el petróleo, hoy el petróleo es la excusa para acabar con la democracia. Este es el giro profundo que ha dado nuestro mundo.
Xan López es responsable del área de análisis económico del Instituto Meridiano.