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Política industrial frente a la exclusión territorial

Pablo Canca y Violeta Garrido

De todos los debates habituales entre las distintas corrientes ecologistas, el que parece ocasionar más tensiones, divisiones y el que consume más tiempo de discusión es, indudablemente, el de la «la transición justa»; si no es así, es al menos el que más llega a oídos de quienes se interesan por estos asuntos. No es de extrañar, por supuesto, que sean las políticas climáticas las protagonistas de la discusión: no solo porque serán las responsables de llevar o no a la práctica nuestras aspiraciones, sino también porque son la manifestación de las distintas tradiciones políticas que existen en el espacio concreto del ecologismo de nuestro país.

Sin embargo, dadas la gravedad y la urgencia del escenario, contando con la posibilidad real de presenciar eventos climáticos cada vez más extremos (en definitiva, de vivir en una Tierra a con un aumento de temperatura de más de 2 °C), ¿debe la transición ecológica ser también la responsable de llevar a cabo todos y cada uno de los objetivos políticos no necesariamente ecologistas que caracterizan a las familias políticas de la izquierda? Dicho de otro modo: ¿debe la transición ecológica hacerse cargo de unas desigualdades económicas y territoriales que le preceden?

Este debate recorre todas las asambleas, partidos y organizaciones ecologistas de manera más o menos explícita, buscando adecuar las urgencias de la transición ecológica a un marco ideológico previo, lo que en ocasiones acarrea graves contradicciones. La militancia y el activismo ecologista de izquierda portan consigo una tradición ideológica diversa que tiende a identificar una serie de cuestiones (la mala planificación del territorio, la especulación con el suelo o la concentración de la producción eléctrica en manos de grandes empresas, por citar solo algunas) como perniciosas. Es entonces comprensible que parte de este movimiento se sienta traicionado por aspectos como estos asociados a la actual transición energética; al fin y al cabo, las inercias en política son difíciles de romper. Tanto es así que el eslogan «Renovables sí, pero no así» aparece ya junto a cada gran proyecto renovable de manera casi sistemática.

¿No es cierto, en cualquier caso, que el escenario históricamente excepcional de la crisis climática nos conmina a reordenar nuestras prioridades políticas? Quien lea estas palabras es plenamente consciente de la gravedad de la situación climática y de la consecuente rapidez con la que debemos actuar. El necesario avance paralelo de la electrificación y la generación renovable nos pone a las puertas de la mayor transformación de la infraestructura energética en la historia de la humanidad; mucho mayor, tanto en escala como en rapidez, que la última mutación de este tipo: la carbonización de la industria.

¿Cómo se produjo nuestra última transición energética? En pocas palabras:  mediante el trabajo infantil, la destrucción de ecosistemas enteros, la transformación del modo de vida rural, la creación de las grandes urbes a un ritmo voraz, el hacinamiento de la clase obrera, la proliferación de enfermedades y de condiciones insalubres, el descenso de la esperanza de vida… y, por supuesto, a través de la emisión de gases de efecto invernadero.

Esta sucinta secuenciación histórica demuestra, por comparación, que hoy gozamos de cotas de bienestar mucho más altas que en los momentos en los que se produjo la carbonización de la economía. E incluso admitiendo que la transición energética es compleja y contradictoria y que también tendrá asociadas consecuencias negativas, es igualmente cierto que este proceso no será ni más ni menos injusto que cualquier otro que se produzca bajo el régimen de acumulación capitalista.

¿Por qué, entonces, apostar por ella? Volvamos al caso de la carbonización: la revolución industrial no supuso únicamente una sustitución sistemática de las fuentes de energía de flujo por motores de combustión, sino que, abierto un nuevo mundo de posibilidades, fueron las relaciones de producción en sí mismas las que se transformaron. Por lo tanto, consideramos asumible que la transición ecológica también presenta per se la capacidad de transformar algo más que simplemente el origen de la electricidad que consumimos, siempre que demos tiempo y espacio para que esas nuevas relaciones se desplieguen.

Concretamente, en el caso español la transición ecológica presenta oportunidades nuevas para todos los territorios periféricos dependientes de la energía fósil, como es la región oriental de Andalucía o la región de La Mancha, entre otras, donde la escasa electrificación (si se observa un mapa de la red de alta y media tensión se encontrará en estas zonas un vacío), sumada al desarrollo insuficiente de infraestructuras de transporte, impide la activación de una política industrial localizada incluso si la coyuntura política fuera favorable a la implementación de dicha agenda. Pero es que estas desigualdades territoriales preexisten a la transición ecológica, que, al desplegarse, puede continuar esas inercias, en ocasiones acentuándolas…, pero no necesariamente.

Entendemos que este es el motivo de que los debates que se dan en esas áreas suelan estar anclados en cuestiones que, en función de lo que preocupa en zonas más industrializadas y urbanizadas, pueden parecer más «primitivos». En realidad, se pone de manifiesto que la inexistencia de un desarrollo industrial fuerte impide ver, lógicamente, las oportunidades de la política industrial ecologista. Esta desigualdad territorial previa sería por tanto la responsable de que existan dentro de los movimientos sociales y, en particular, dentro del movimiento ecologista, distintos grados de madurez política. Entiéndase aquí «madurez» en un sentido marxista, para el que el desarrollo de las fuerzas productivas condiciona la acción política y las posibilidades de adquisición de conciencia.

La transición ecológica es, por tanto, no solo la condición necesaria para que las generaciones futuras puedan siquiera dar la batalla por la emancipación, sino también una oportunidad más que deseable para que los territorios históricamente excluidos del desarrollo del capitalismo europeo puedan industrializarse con energía limpia, barata y abundante. Este desarrollo no desembocará de manera automática en la emancipación de la humanidad, pero es precisamente el que permitirá alcanzar a la política, a los movimientos sociales y al ecologismo el grado de madurez necesario para poder plantearse ese horizonte.

No le pidamos a la transformación ecológica ser el santo grial de las políticas progresistas y socialistas: hagámosla, enfrentémonos a las fuerzas reales que pretenden retrasarla o destruirla, permitamos que se reconfigure nuestra vida en torno a ella, acumulemos fuerzas, señalemos las contradicciones… y, entonces, si no nosotros y nosotras, desde luego las generaciones futuras estarán en condiciones de transformarlo todo. Recuperemos la utopía propia de nuestra cultura política desde los tiempos de la Primera Internacional, desechemos los discursos ajenos a ella que defienden que, aunque el mundo de hoy es imperfecto, el que viene será mucho peor, porque el mundo que vendrá será mejor: o bien porque hemos triunfado, o bien porque hemos contribuido a la agudización de la imaginación política de las generaciones venideras.

 

Pablo Canca es doctor en Física e investigador sobre tecnologías de fusión nuclear. Violeta Garrido es doctora e investigadora en Filosofía.

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