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El Imperio Tecnofósil contra la Fraternidad Electrorrenovable

Juan Requejo

La tormenta sobre el Golfo

El viento del desierto llegó antes que las noticias. En los despachos de Riad, Abu Dabi y Houston, los teléfonos encriptados llevaban semanas ardiendo. Los mercados de futuros del crudo se movían de manera extraña, casi quirúrgica, como si alguien reposicionara fichas sobre un tablero que el resto del mundo todavía no podía ver.

Luego llegaron los portaaviones.

La maniobra militar estadounidense en el golfo Pérsico no fue presentada como lo que era —una operación de poder bruto en defensa de intereses petrolíferos dolarizados—, sino como una «misión de estabilización regional». El lenguaje era el de siempre: seguridad, libertad, democracia. Pero bajo esas palabras conocidas latía una urgencia nueva, casi desesperada. Porque el verdadero enemigo no estaba en el estrecho de Ormuz. Estaba en los tejados de millones de casas en Europa, China, India y América Latina; también en África proliferaban los paneles fotovoltaicos. Estaba en los aparcamientos donde los coches eléctricos cargaban en silencio. El verdadero enemigo era la transición energética, y estaba ganando.

El Imperio Tecnofósil —ese vasto conglomerado que une a los petroestados del Golfo, las grandes empresas del petróleo y el gas, las empresas de fertilizantes nitrogenados, los fabricantes de vehículos de combustión y las siete grandes corporaciones tecnológicas estadounidenses de la información— había empezado a ver los números. Y los números no mentían: la demanda de petróleo tocaba techo, las renovables ganaban mercado tras mercado y las grandes compras de China prescindían del dólar, los mercados internacionales se rebelaban contra la tiranía del fósil y del dólar. El sistema imperial estaba en peligro. Había que hacer algo. Y «algo», en el vocabulario del poder imperial, significa proyección de fuerza.

La captura de Maduro en Venezuela, dos meses antes, fue la otra cara de la moneda. Décadas de sanciones económicas, presión diplomática y operaciones encubiertas habían conseguido lo que buscaban: mantener al gobierno de Caracas en una parálisis funcional que le impidiera capitalizar sus reservas de hidrocarburos y, de forma inmediata, sabotear las compras chinas de petróleo en yuanes. El objetivo no era liberar a los venezolanos. Era impedir que siguiera creciendo una economía mundial alternativa que pudiera prescindir del dólar.

Mientras tanto, en Silicon Valley, la narrativa se construía con igual cuidado. Las grandes tecnológicas anunciaban compromisos climáticos y contratos de energía renovable para sus centros de datos; por el otro lado, sus lobbies bloqueaban cualquier regulación que pusiera en riesgo el statu quo energético. La tecnología como espejo del fósil: brillante en la superficie, oscura en las entrañas.

Pero algo había cambiado. Y todos lo sabían.

La Fraternidad Electrorrenovable no tenía cuarteles generales ni portaaviones, tampoco tecno-oligarquía. Tenía, en cambio, millones de instalaciones de paneles solares, parques eólicos, flotas de vehículos eléctricos, bombas de calor, baterías de almacenamiento y, sobre todo, decenas de millones de familias y empresas que habían tomado la decisión práctica, económica y moral de salir del fósil. Esta fraternidad crecía como crece un bosque: célula a célula, tejado a tejado, ciudad a ciudad. Su crecimiento era exponencial. A diferencia del modelo fósil, basado en concentración y control, este nuevo paradigma se expandía como un ecosistema: descentralizado, resiliente y difícil de detener. Cada territorio ganaba en soberanía a medida que se electrificaba con renovables. Eso era lo que los portaaviones del Golfo no podían detener. El año 2026 empezó con una gran tensión global y las vidas de las gentes estaban viviendo en tiempo real las consecuencias de la violencia tecnofósil.

La oportunidad que no podemos desperdiciar

Las guerras del siglo XXI por los recursos fósiles no son el final de la historia. Son, si sabemos leerlas, la señal más clara de que la transición es irreversible. Los imperios decadentes gastan sus últimas energías defendiendo industrias que no tienen futuro. Las maniobras en el Golfo y el sometimiento de Venezuela no son demostraciones de fuerza: son confesiones de debilidad.

Pero la ventana histórica que se abre ante nosotros no permanecerá abierta indefinidamente. La transición energética no es solo un cambio de energía primaria: es una transformación profunda de cómo organizamos el territorio, las ciudades, la industria y la vida cotidiana. Acelerarla con inteligencia estratégica requiere decisiones políticas, urbanísticas e industriales que deben tomarse ahora, con claridad y valentía.

El urbanismo de la era fósil separó artificialmente la ciudad del campo. Los combustibles baratos hacían viable vivir lejos del trabajo, transportar alimentos desde miles de kilómetros, desplazar energía a través de redes enormes y gestionar residuos en vertederos remotos. Sin petróleo barato, ese modelo carece de sentido. El nuevo modelo es el de la autosuficiencia conectada: unidades territoriales que producen localmente su energía, su alimento y su agua, que cierran sus ciclos de materia y que se conectan en red para compartir excedentes y recibir lo que les falta. No es autarquía. Es subsidiariedad: lo que puede hacerse cerca, se hace cerca. Lo que requiere escala, se organiza en red.

Esto exige recuperar el suelo fértil periurbano como activo estratégico. Las huertas y tierras de cultivo próximas a las ciudades no son un residuo del pasado agrario: son infraestructura crítica para la alimentación de proximidad, para la regulación hídrica, para la captura de carbono y para la biodiversidad. Cada hectárea de suelo fértil hormigonada o esterilizada por los agroquímicos es una deuda con las generaciones futuras. Del mismo modo, la dependencia de la agricultura industrial de los fertilizantes nitrogenados —fabricados a partir de gas natural mediante el proceso Haber-Bosch— es una de las cadenas más resistentes que atan el sistema alimentario al Imperio Tecnofósil. Romperla requiere agricultura regenerativa, gestión inteligente de residuos orgánicos urbanos y alternativas tecnológicas a la síntesis de nitrógeno.

La electrificación no es una licencia para el derroche. La bomba de calor es tres veces más eficiente que la caldera de gas y el vehículo eléctrico cuatro veces más eficiente que el motor de explosión, pero si esas ganancias se consumen en vuelos de corta distancia, consumismo acelerado o infraestructuras de datos para servicios superfluos, el balance neto puede ser decepcionante. La Fraternidad Electrorrenovable necesita una ética del consumo: el mejor kilowatio es el que no se consume; el mejor alimento es el que crece cerca y respeta el suelo vivo. Con la adaptación al territorio y a los recursos disponibles se reduce consumo y decrece la cantidad de energía necesaria. No se trata de renunciar al bienestar, sino de redefinirlo.

Otra tensión peligrosa es la que opone la democratización real de la energía a su simple corporativización verde. Los paneles solares pueden ser propiedad de grandes fondos financieros que extraen rentas del territorio, o pueden ser propiedad de cooperativas, municipios y ciudadanos. La diferencia no es técnica. Es política. En esta fase la prioridad es lograr un cambio rápido y es preciso contar con grandes plantas. Sin embargo, un sistema energético distribuido, con millones de nodos de producción y almacenamiento, es además más robusto frente a perturbaciones climáticas, geopolíticas o tecnológicas que uno centralizado. Y la soberanía tecnológica —producir localmente paneles, baterías, todo tipo de vehículos y máquinas eléctricas, además de aplicaciones TIC y software de gestión— es una prioridad estratégica que Europa no puede seguir aplazando. Depender de una única cadena de suministro global para los elementos de la transición es reproducir, a otra escala, el mismo error que se cometió con el gas ruso.

En cada tejado que instala paneles solares, en cada familia que conecta una bomba de calor, en cada agricultor que recupera la materia orgánica de su suelo, en cada ciudad que diseña su barrio para que la gente no necesite coche, se está construyendo el mundo que viene. Ese mundo no nace por sí solo. Necesita política, inversión pública, regulación inteligente y voluntad colectiva de transformación.

La Fraternidad Electrorrenovable es, en su mejor versión, una promesa de civilización: la promesa de que podemos vivir bien en este planeta sin destruirlo; de que podemos producir lo que necesitamos sin expoliar el suelo, envenenar el agua y calentar la atmósfera. Los portaaviones del Imperio Tecnofósil cruzan el Golfo. Pero la historia no la escriben los portaaviones. La escribe la gente que, en silencio y en millones de lugares distintos, está construyendo el mundo que viene con electrones solares y eólicos. Los hechos de principios del año 2026 han marcado la forma en la que vivimos en 2030 y explican por qué tenemos esperanza fraternal en el futuro. Es impresionante lo que se ha conseguido en estos años en la cooperación entre los pueblos a nivel global.

Vientos del pueblo nos llevan.

Juan Requejo es consultor de planificación.

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