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Florent Marcellesi: «Solucionar la crisis ecológica, y por tanto social, implica bajar al sapiens de su pedestal»

Laura Glez

¿Cuántas veces hemos «matado dos pájaros de un tiro», nos han llamado «gallina» por ser unos cobardes, hemos ido «como pollo sin cabeza», nos han tratado «como a perros», hemos llamado a alguien «rata» por ser un traidor o nos hemos regodeado porque «a todo cerdo le llega su San Martín»? Nuestro lenguaje, y no solo los dichos populares, hace alarde de una mirada despectiva y a menudo violenta respecto al resto de animales con los que compartimos el planeta. ¿Toleraríamos este despliegue exuberante de crueldad con cualquier otra opresión? Como hemos entendido en el caso de muchas otras causas justas, el lenguaje no solo recoge la cosmovisión de una sociedad sino que también la apuntala. Por esa misma razón, tomar conciencia del uso de las palabras como herramientas para construir el mundo puede ayudarnos a ir desmontando las actuales estructuras de jerarquía y violencia contra los animales. En ello se detiene Florent Marcellesi en su último ensayo, Una lengua sin maltrato. De animales y poder (Icaria, 2026). Laura Glez entrevista al autor, quien fuera eurodiputado por Los Verdes, para hablar sobre especismo, lenguaje y cómo podemos ayudar a los animales a luchar por su propia liberación.

«La ideología no solo refleja el mundo material sino que también lo crea». Esto sería perfectamente válido si hablamos del lenguaje, pues forma parte de la ideología. Ahora bien, leyendo tu libro queda claro que el lenguaje es el menor de los problemas de los animales no humanos y una puede pensar que la forma en la que nos referimos a ellos es algo superfluo, irrelevante. Pero ¿no es la justificación que siempre se da a la hora de actualizar y corregir del lenguaje? ¿Cambia algo el hecho de que los animales no se comuniquen con nuestra jerga? Hay algo de cierto en que «es solo una forma de hablar» o «es una expresión». El problema real o más explícito viene a la hora de responder al señalamiento o la corrección, es ahí donde comienza a desplegarse la ideología discriminatoria, en este caso, misótera o especista. 

Las palabras en nuestra especie son todo menos inocuas. De hecho, el sapiens es una especie que ha desarrollado una capacidad singular: lenguajes altamente complejos y cooperativos. Nuestras lenguas son armas de expresión masiva: reflejan a la vez que moldean el mundo en el que vivimos. Son armas de cooperación masiva que nos permiten inventar mitos y colaborar a nivel local y a nivel global, en el presente y en el futuro, así como transformar y dominar —o al menos tener esa sensación— esta nave Tierra. Nuestra labia y nuestro lápiz tienen poder, mucho poder. Y este poder se puede usar para la justicia social, ecológica o interespecie…, o todo lo contrario.

Cuando la industria cárnica usa eufemismos lingüísticos para referirse a la explotación de miles de millones de animales no humanos en condiciones que nadie aceptaría para animales de compañía, permite crear un marco mental de anestesia emocional que a su vez permite el business as usual agroalimentario y el sufrimiento animal a gran escala. Por ejemplo, cuando un animal de cría es matado porque no alcanza los niveles óptimos de producción, ya sea por un pico torcido o por una pata deforme, se llama púdicamente descarte. Cuando se habla de los animales de consumo humano, no son individuos concretos con sus emociones y vivencias sino que en el mejor caso son meras cabezas, si son terrestres, y directamente toneladas, si son marinos. La lengua refleja y construye el marco ideológico en el que nos movemos y, en este caso, el lugar inferior que ocupan la gran mayoría de los no-sapiens.

Y esto no solo es nocivo para los no humanos. Cuando el biólogo alemán Ernst Haeckel, hoy principalmente recordado por haber acuñado el término ecología, desarrolló en el siglo XIX una clasificación racista sobre las «doce especies y treinta y seis razas humanas» y teorizó la inferioridad del pueblo khoikhoi en Botsuana y Namibia y de su lengua por sus supuestos cacareos, alimentó en África Austral las teorías coloniales alemanas, sus políticas de segregación racial y el primer genocidio del siglo XX. La animalización de otros seres humanos a través de la lengua puede matar.

Así que, obviamente, no son solo formas de hablar. Son formas de representarnos el mundo, de proyectarnos hacia delante y actuar. Por tanto, cambiar nuestro idioma es cambiar las gafas para ver, imaginar y moldear el mundo. Y como el lenguaje, al igual que las ideologías humanas, es muy flexible, podemos decidir hacerlo desde el respeto hacia los no-sapiens.

Antes de profundizar, me gustaría preguntar sobre la elección de los términos al nombrar la cuestión de la discriminación o violencia en el lenguaje. ¿A qué se debe que escogieras «misoteria» en lugar del término «especista»? 

No son términos contrapuestos ni excluyentes, sino complementarios dentro de una visión global. Para entenderlo mejor, pensemos desde el feminismo. El feminismo critica el idioma misógino, es decir, el lenguaje que odia o desprecia a las mujeres, y lo hace porque considera el idioma como un componente esencial del sistema patriarcal, donde los hombres poseen el poder y los privilegios. De la misma manera, un lenguaje misótero, es decir, que odia o desprecia a los no-sapiens, es un componente del sistema especista donde los humanos poseen el poder y los privilegios. En este sentido, la lucha a favor de los no humanos tiene mucho que aprender de la lucha feminista, que ha abierto caminos y perspectivas teóricas y prácticas en torno a una lengua no sexista, lo que nos permite dar pasos más firmes y rápidos hacia una lengua más respetuosa con todos los seres vivos. Dicho de otra manera: deconstruir la lengua misótera para dar a luz a una lengua filótera, es decir que ama y aprecia al resto de animales.

Al leer tu ensayo me han venido a la cabeza los carteles de propaganda antifascista españolas, asturianas, soviéticas, cuyo motivo principal eran soldados luchando contra un fascismo o nazismo representado en forma de distintos animales, especialmente serpientes. Me parece que ilustra perfectamente la postura general de la izquierda para con los no humanos, es decir, prácticamente la misma que el resto de la sociedad. ¿Por qué crees que desde la izquierda sigue habiendo un rechazo a abordar y abanderar la cuestión de la igualdad animal?

Al igual que la matriz inicial de la izquierda no incorporaba la ecología y hemos tardado decenas de años en hibridar justicia social y justicia ecológica, la izquierda tampoco incorpora de fábrica en su perspectiva a los animales no humanos. Más bien al contrario, el auge de las corrientes teóricas mayoritarias de izquierdas desde el siglo XIX, ya sea en sus vertientes marxistas o socialdemócratas, coinciden con una visión claramente antropocéntrica respecto a un dominio humano casi bíblico y prometeico de la naturaleza, no humanos incluidos. La izquierda bebe en sus orígenes del cartesianismo y de siglos de losa cultural especista que ha integrado y hecho suya, salvo en el caso de algunas corrientes.

Por eso, al igual que para la ecología, ahora toca deconstruir parte del marco tradicional mayoritario de la izquierda y replantear un acercamiento interseccional que permita cruzar justicia social, justicia ecológica, justicia de género e igualdad animal. En este sentido, las cosas van avanzando. Por ejemplo, hablar de Antropoceno es una buena práctica de innovación teórico-linguística que permite reconsiderar conceptual y prácticamente el lugar, el rol y el impacto del sapiens dentro de la biosfera que cohabita. Porque solucionar la crisis ecológica, y por tanto social, implica bajar al sapiens de su pedestal y reintegrarlo dentro de los ecosistemas, en pie de igualdad, o al menos abriendo una puerta hacia ello, con el resto de los seres vivos. El lenguaje puede contribuir a ello.

En el primer capítulo cuestionas el concepto «especie invasora» y, siguiendo la definición al pie de la letra, la especie humana no solo encaja a la perfección, sino que es, con diferencia, la «más» invasora. Durante la pandemia de 2020, muchos espacios se renaturalizaron espontáneamente por la falta de actividad humana y se empezaron a popularizar expresiones como «nosotros somos el virus». ¿Cómo evitar caer en estas posiciones populistas, pesimistas o catastrofistas, y a la vez reconocer el impacto que tenemos sobre las demás especies y todo el espacio natural en el que cohabitamos, manteniendo además un enfoque constructivo, propositivo y optimista en este contexto de gravísima crisis climática?

Empezando por escoger las palabras correctas. Las palabras importan y, según como se usen, pueden actuar como espada o como escudo, como leña al fuego o como bálsamo. Por ejemplo, el populismo es muy consciente del poder del lenguaje y de ahí su uso constante de hipérboles, exageraciones y exabruptos para polarizar y tensar el debate. En este marco, saben utilizar muy bien términos zoológicos para descalificar a sus oponentes, construir enemigos y amenazas. Por ejemplo, ya sea en Ceuta o Arizona, los migrantes son «animales» que «nos invaden» —al no ser autóctonos— y como tales los tenemos que tratar, empezando por su «caza» y «captura». A su vez, usar un lenguaje filótero, que ni deshumaniza ni animaliza, va exactamente en sentido contrario: tratar con respeto a todos los seres vivos, seres humanos incluidos.

Al mismo tiempo, y alejándonos de cualquier demagogia, se trata de nombrar las cosas de forma asertiva. Tomemos el ejemplo del concepto bienestar animal y preguntémonos: ¿tiene este término un uso semántico ajustado respecto a cómo tratamos a los no humanos? En el caso de los animales de compañía, pues sí, tiene bastante lógica. Aunque queda muchísimo por hacer, son seres cuya integridad y dignidad se ve cada vez más protegida legalmente a lo largo de su vida. Sigamos usando y defendiendo su bienestar. Es otro cantar si pensamos en cualquier animal cuya vida termina antes de lo que nos dice su esperanza vital media, ya sea un cordero en una nave industrial, una rata en un laboratorio o un toro bravo en una corrida. En este caso, hablar de bienestar animal es un oxímoron, es decir, dos palabras con significados opuestos. Como bien dice Núria Almirón: «Nadie muere bien cuando lo hace en contra de su voluntad». Ante estos casos de «deformación semántica», sería más recomendable hablar de maltrato animal o sufrimiento animal. En casa, centrémonos en el bienestar de nuestros compañeros no-sapiens, pero en un matadero hablemos claro de su sufrimiento. Y, ya sea desde las calles o desde el Congreso, actuemos de forma consecuente para nombrar y aportar soluciones distintas a situaciones distintas.

Hacia el final del ensayo abordas el tema de categorizar al resto de animales como personas para dejar de ser «algo» y pasar a ser «alguien» con sus propios intereses, con sus límites, resistencias, desobediencia, etcétera. Esta es la línea que sigue Jason Hribal en su ensayo Los animales son parte de la clase trabajadora, que fue absolutamente revolucionario (a la par que polémico) en términos de pensamiento antiespecista e incluso marxista. Propone un nuevo esquema de pensamiento en el que compartamos la categoría de trabajadores con los animales, más que como esclavos, pues este enfoque nos puede ayudar más a conectar y empatizar con ellos. Al fin y al cabo, como dice Hribal, los animales también construyeron América (y el mundo), también se resistieron, lucharon, negociaron y pusieron límites a su explotación. Hacer la conexión como sujetos activos, con su propia agencia en vez de como meras víctimas de la violencia humana, es algo que tiene sentido, ¿no te parece?

Tiene todo el sentido del mundo. Al igual que la clase obrera no es solo una víctima del sistema capitalista sino un motor de cambio hacia la justicia social, de que muchas mujeres construyen alternativas al sistema patriarcal o que las personas racializadas han sido clave en la consecución de más derechos civiles, los animales no humanos no son meras víctimas del sistema especista. Si bien obviamente pueden ser víctimas, al igual que los seres humanos pueden serlo, también pueden ser actores de su propia vida, tomando decisiones para su bienestar y el de sus congéneres, hasta cometiendo actos de resistencia y rebeldía en contra de la opresión humana, como bien ha documentado Sarat Colling en su ensayo Insurrección animal.

En este marco, es fundamental reflexionar sobre la consideración de «personas» para los no-sapiens. Además de jurídico y político, este salto lingüístico permite pensar a los no humanos como seres capaces de tener no solo sentimientos, como la pena, la compasión o la alegría, y poseer una personalidad individual, sino también capacidad proactiva de voluntad, reflexión e incluso libre albedrío. Lejos de la concepción pasiva y sumisa de los no humanos al servicio exclusivo del sapiens, la consideración de personas no humanas abre la puerta a considerar a los demás seres vivos como sujetos activos y con derechos constitucionales, como ocurre con algunos simios en Argentina o Ecuador.

Y cuando un burro, un ser altamente inteligente, sociable y con alto nivel de sensibilidad, no quiere avanzar no es porque sea tonto o terco, es más bien porque se niega a realizar acciones que considera inadecuadas y se resiste al control ejercido por un sapiens. Como ejercicio de resignificación lingüística, en vez de usar «no seas burro» como sinónimo de terquedad o ignorancia, tendríamos más bien que alabar a alguien por «ser un burro» como sinónimo de resistencia y libre albedrío.

«Libres y esclavos, patricios y plebeyos, barones y siervos de la gleba, maestros y oficiales; en una palabra, opresores y oprimidos […]», o, mejor dicho, ¿«humanos y animales»? 

Exacto. Al mismo tiempo, apuntemos que las categorías semánticas no existen a priori sino que son construcciones sociales que reflejan nuestra posición relacional tanto social como política. Asimismo, las categorías «humano» y «animal» no son constantes antropológicas intangibles sino que son el resultado de procesos de animalización y humanización de los individuos humanos y no humanos. Hay humanizados y animalizados. Es decir, no se nace humano y animal, sino que se llega a serlo.

Uno de los hilos conductores del ensayo es la «no excepcionalidad humana», pero podemos reconocer que sí hay una excepcionalidad a la hora de explotar, esclavizar y someter sistemáticamente a otros grupos sociales y especies, ¿no? 

Otras especies animales explotan o esclavizan. Por ejemplo, las llamadas hormigas «esclavistas» roban larvas de otras especies de hormigas para que luego sean ellas quienes se encarguen de las labores de limpieza o búsqueda de comida. La coerción sexual tampoco es algo que solo practica el sapiens: el delfín es otra especie conocida por ello. Mientras, los grandes simios saben perfectamente hacer política y usar faroles o manipulaciones para sus propios fines, o en casos peores, como el de los chimpancés, aniquilar de forma violenta una tribu vecina.

Pero sí, lo que hace único a sapiens dentro de sus capacidades evolutivas, y hasta que la ciencia no descubra lo contrario, es, en mayor o menor grado, ser consciente como especie de todo ello. Esto nos dota de una ética y de una responsabilidad moral singular en cuanto al cuidado que aportamos a los no-sapiens y del resto de la naturaleza en general. Si somos conscientes de nuestros actos y de sus impactos a nivel local y planetario, también somos conscientes y responsables de nuestra capacidad para aportar soluciones. Dentro de las posibilidades de la evolución, esa es nuestra singularidad humana, hagamos uso de ella.

Repasando la historia de los animales, resulta evidente que necesitamos hacer algo. Si tuvieras que priorizar algún tipo de enfoque o activismo, ¿cuál sería? ¿Hay que individualizar y especificar el activismo o militancia antiespecista, o deberíamos, de alguna forma, integrar las reivindicaciones en todo el contexto político y social? ¿Nos centramos en un enfoque más individual o de no consumo, o en uno más colectivo, institucional, o, incluso, impositivo?

Decía Alicia Walker, autora de El color púrpura, que «los animales del mundo existen por sus propias razones. No fueron creados para los seres humanos, como tampoco los negros para los blancos, ni las mujeres para los hombres». Y ahí está una de las claves: pensar de forma interseccional. Las diferentes opresiones y luchas forman parte de un mismo marco de pensamiento y acción. La liberación de los no-sapiens es una lucha profundamente interconectada con el resto de las luchas por las emancipaciones dentro del mundo sapiens. En este sentido, las pensadoras afroamericanas Aph y Syl Ko nos recuerdan que, puesto que «animal» es una categoría en la que arrojamos a ciertos cuerpos cuando queremos justificar la violencia contra ellos, la liberación animal debería preocupar a todos los grupos oprimidos, porque en cualquier momento cualquiera se puede convertir en un «animal», ser considerado desechable y, como vimos ayer en los campos de concentración u hoy en Gaza, ser eliminado como tal.

De hecho, tenemos mucho que aprender de otras corrientes teóricas y prácticas para que avance más rápidamente la acción colectiva a favor de los no humanos. Ya sea del antirracismo en torno a las opresiones interseccionales, ya sea del feminismo por su capacidad para dar la vuelta a la tortilla del lenguaje, o del ecologismo por su integración transversal a través de las matrices progresistas (y más allá), podemos aplicar decenas de años de estos aprendizajes, buenas prácticas o errores para llevar la lucha animal a otro nivel. Esto supone, por ejemplo, ampliar el abanico de las alianzas para asegurarnos de que la defensa de los derechos de los animales no se circunscribe a un sector minoritario de la sociedad y pueda crear mayorías del cambio agrupando activismo, política, instituciones y administraciones, universidades y escuelas, sindicatos o mundo empresarial.

Y, por eso, es tan importante actuar en algo que todas las personas usamos en nuestro día a día para cooperar y construir el presente y el futuro: el lenguaje. Esta es una base compartida y transversal que refleja los grandes debates ideológicos de cada época y que, gracias a la lucha colectiva, puede evolucionar hacia un mayor respeto hacia quienes no nacieron sapiens.

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