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Primero, el clima

Héctor Tejero

La consigna «primero, el clima» condensa una posición política que pretende enfrentarse cara a cara con la excepcionalidad de la crisis climática. Y lo hace planteando una verdad incómoda: la lucha contra la crisis climática tiene prioridad material sobre el resto de luchas. Existe una «prioridad climática», por así decirlo.

En el corto plazo, ser capaces de concebir un futuro mejor —incluso en un clima más hostil— y una prosperidad ecológica para la inmensa mayoría son condiciones casi imprescindibles para la victoria de la democracia, el socialismo o el feminismo. Lo contrario —la catástrofe, la barbarie— no las hace imposibles, y los ecosocialistas defenderemos siempre que la mejor vida posible en medio de las ruinas será socialista y democrática. Pero, siendo realistas, en medio de la catástrofe las tendencias políticas que cuentan con ventaja son el fascismo fósil o verde, el exterminismo y la dominación, o bien el búnker y el sálvese quien pueda. Podemos pensar un socialismo democrático de y en la catástrofe, sí; pero es razonable asumir que sus probabilidades de victoria son mucho menores.

A medio y largo plazo, esta cuestión se plantea en términos más duros. Básicamente, no hay derechos, ni instituciones, ni libertades si no hay condiciones de habitabilidad planetaria para sostenerlas. Y esto es lo que, según la mejor evidencia científica disponible, nos jugamos para miles de millones de personas de aquí al año 2100. Una fecha que parece lejana, pero que no es más que el tiempo que nos separa de nuestros abuelos y abuelas.

Esta «prioridad climática» surge de tres de las verdades fundamentales del ecologismo. La primera es la noción de ecodependencia: los seres humanos y las sociedades que construimos dependen de determinadas condiciones naturales. Sí, las sociedades humanas comprenden y transforman la naturaleza, pero esta relación no es simétrica: somos capaces de modificar y, por tanto, destruir algo de lo que, en última instancia, dependemos. La segunda es que la ecodependencia implica la existencia de unos límites ecológicos dentro de los que deben mantenerse las sociedades humanas para poder permanecer en el tiempo. La tercera, finalmente, nos dice que sobrepasar esos límites puede llevar a una destrucción irreversible de las condiciones naturales de las que dependemos; irreversible, al menos, en la temporalidad de las sociedades humanas: puede que un sistema se regenere en mil o diez mil años, pero ese plazo no le sirve de nada a ninguna sociedad que aspire a sobrevivir.[1]

Si bien la prioridad climática descansa sobre estas tres verdades fundamentales, estas están operando en una temporalidad que es clave para matizar cómo y dónde se expresa la prioridad climática. Por un lado, la dependencia de la naturaleza es reticular y, por tanto, es no lineal. Puede absorber ciertos niveles de degradación durante un tiempo sin manifestarse, y luego mostrarse catastrófica y rápidamente ante pequeñas perturbaciones adicionales. Por otro lado, los límites de la naturaleza son porosos. Traspasar un límite ecológico no es como chocarse contra un muro; es más bien como entrar en un campo minado: las sociedades pueden sobrepasarlos durante un tiempo y luego volver a encajarse dentro sin consecuencias absolutas, pero el riesgo es elevado. Por último, la irreversibilidad es acumulativa: no ocurre de golpe, sino a partir de un determinado nivel y duración de la transgresión de los límites. Aunque estas características nos permiten evitar todavía las peores consecuencias de la crisis ecológica, también implican que los impactos ecológicos y climáticos se muestran habitualmente con desfase temporal. Hoy sufrimos las consecuencias de límites traspasados hace veinte años, y hoy podríamos estar generando situaciones irreversibles que no veremos hasta dentro de otros veinte más. Quizás paradójicamente, este desfase no hace menos importante la prioridad climática: la hace aún más relevante. Precisamente porque las consecuencias no se sienten de inmediato, la prioridad climática no puede aprenderse por experiencia, porque seguramente llegaría tarde. Debe instituirse políticamente en el presente, que es la tarea del ecologismo.

Cuando hablamos de prioridad climática, muchos compañeros y compañeras ven reaparecer un viejo fantasma: el de aquellos marxismos que jerarquizaban las luchas entre principales y secundarias, subordinando el feminismo o la cuestión nacional a la lucha de clases, siempre para después de la revolución. Es un reflejo crítico comprensible y que, de hecho, nos permite entender mejor la naturaleza de la prioridad climática, pero que no es aplicable porque compara dos tipos de relaciones diferentes. La relación entre clase y género, entre capitalismo y patriarcado, o entre dominación nacional y clase, son relaciones mutuamente constitutivas: se conforman, se transforman y se condicionan una a la otra, pero ninguna es una precondición de la otra. Si una parte de la izquierda prioriza una frente a la otra, eso es una posición política, no material. Como ha señalado el ecofeminismo, con la naturaleza —como también con los cuidados— ocurre algo distinto. La relación concreta entre naturaleza y sociedad es una relación social, pero la dependencia de la naturaleza, la existencia de un metabolismo social, no lo es: es, una precondición material para que exista cualquier otra relación social. Dicho de otra forma, existió patriarcado antes del capitalismo y existen capitalismos más o menos patriarcales, pero no puede haber capitalismo, ni patriarcado, ni socialismo, ni feminismo sin naturaleza. No hay civilización sin naturaleza.

¿Cuáles son las consecuencias, en la práctica, de esta prioridad climática? Aquí es donde el retardo temporal de la crisis ecológica se vuelve clave. En lo coyuntural, la prioridad climática no opera como una carta que siempre gana. El clima debe plantarse en pie de igualdad frente a las otras luchas y entrar en la negociación que se establece en cada conflicto y en cada política: qué lucha es principal y cuál secundaria es siempre el producto coyuntural de una correlación de fuerzas, surgido en el debate y en el propio conflicto. A veces la opción más justa será la más ecológica y viceversa, pero a veces no lo será. Y, entonces, unas veces habrá que ir más lento en lo climático para evitar efectos sociales injustos, como esperar a que haya una alternativa de empleo antes de cerrar una fábrica contaminante, y otras veces habrá que tolerar una cierta fricción social para avanzar más rápido en lo climático, como cuando una zona de bajas emisiones deja fuera a quien no puede permitirse cambiar de coche. La clave es que esa tensión es irresoluble en la teoría y solo se despeja, como un nudo gordiano, cortándola en la práctica.

Pero si hablamos entonces de prioridad climática es porque esa negociación táctica no es ilimitada: opera dentro de unos márgenes que la crisis climática va estrechando. Lo que la prioridad climática impone en cada coyuntura no es un veto sobre las demás luchas, sino una restricción sobre todas las opciones: ningún acuerdo, ninguna concesión, ninguna victoria social puede comprometer umbrales irreversibles ni hipotecar la habitabilidad de la que todas dependen. Porque es en lo estratégico donde la consigna «primero, el clima» se hace asfixiantemente verdadera. Si cada una de las luchas del presente decide sacrificar el clima por lo inmediato, por lo aparentemente más urgente, por aquello cuya temporalidad no se muestra catastróficamente un poco más adelante, todas están condenadas a perder el suelo bajo los pies. Si no hay una estrategia que actúe como si el fin del mundo fuera realmente posible, ninguna de las otras luchas podrá no ya ganar, sino simplemente plantearse. Por eso, primero, el clima. No porque las demás luchas importen menos en el presente, sino porque para poder seguir conquistando derechos en el futuro tiene que haber un futuro. Disputar esa prioridad en cada lucha, en cada política, con la mirada puesta en la construcción de ese futuro mejor, incluso en un clima más hostil, es la tarea histórica del partido del clima.

[1] En realidad, las condiciones naturales no son las únicas que sufren pérdidas irreversibles. Una lengua que desaparece es muy difícil que se recupere, imposible si hablamos de una cultura exterminada.


Héctor Tejero
es miembro de Más Madrid y responsable de Salud y Cambio Climático en el Ministerio de Sanidad.

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