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Fracasar más, fracasar mejor

Juan Manuel Zaragoza

Es por eso por lo que no queremos que nuestros aliados estén cautivos de la culpa y la vergüenza. Queremos aliados que orgullosos de su cultura y de su herencia, que comprendan que nosotros somos herederos de esa misma civilización, tan grande y noble, y que, junto a nosotros, se muestren dispuestos y capaces de defenderla.
MARCO RUBIO, secretario de Estado de Estados Unidos
Conferencia de Seguridad de Múnich, 14 de febrero de 2026

No puedo evitarlo. Ante este tipo de declaraciones siempre tengo la sensación de que quien las pronuncia siente una profunda vergüenza por la historia de Occidente. Tan profunda que no se limita a proyectar sus fantasías sobre el pasado, sino que además prefiere «olvidar» los episodios que no encajan con ellas. En el caso del secretario de Estado Estados Unidos, y de ser cierta mi sensación, no solo estaríamos ante una lectura superficial e interesada de la historia occidental, sino que, además, la estaría despojando de uno de sus aspectos más interesantes: su relación con el fracaso.

Occidente: una historia excepcional

Señalar la excepcionalidad de Europa, de Occidente, ha vuelto a ponerse de moda tras una etapa en la que parecíamos haber superado nuestros complejos. Nos dicen que debemos estar «orgullosos de su (nuestra) cultura y de su (nuestra) herencia». Que hemos logrado algo único, excepcional, magnífico, y que debemos estar complacidos con ello.

En algo de esto estoy de acuerdo: la historia de Europa, de Occidente, es excepcional. Pero no porque hayamos logrado algo extraordinario, algo moralmente superior a lo logrado por otros, sino porque fuimos los únicos que, partiendo de una situación sociohistórica similar al resto de civilizaciones y culturas coetáneas, alcanzamos un «estado» distinto, más eficiente si se quiere, que nos situó en posición de ventaja sobre las demás.

Todo esto sucedió a través un proceso extraño, en el que se conjugó un profundo cambio cultural (el humanismo, la aparición de la Nueva Ciencia, la introducción de nuevas formas de organización política y una conceptualización inédita de la relación individuo-Estado) con el uso intensivo de las energías fósiles. Al resultado de esta conjunción lo hemos llamado «modernidad» y es a lo que Rubio se refiere cuando habla de esa «same civilization»: una forma concreta, históricamente situada, de organizar material y simbólicamente el mundo.

Esta historia, claro está, puede contarse de muchas formas. Podemos prestar atención a los grandes hombres o fijarnos en el sufrimiento de las masas. Y esta distinción, como otras que podemos hacer, será importante, con profundas implicaciones políticas y morales, pero no es eso de lo que tenemos que hablar hoy. Lo que tenemos que subrayar es que, la contemos como la contemos, es la historia de un fracaso.

Modernidad: historia de un fracaso

Porque ese es el resultado de la historia de Occidente: un tremendo, absoluto, terrible fracaso. Fracaso que se condensa en las dos Guerras Mundiales, en las que en conjunto se calcula que murieron entre setenta y cien millones de personas. En las terribles prácticas coloniales, de explotación y muerte, que se vieron acompañadas por terribles procesos de decolonización, marcados también por la violencia. En el abuso salvaje del planeta, que nos ha conducido a una crisis climática que pone en riesgo la continuidad de la vida humana en el planeta, ¡nada menos! Parece complicado sentirse orgulloso de estos «logros».

Pero esto no quiere decir que debamos repudiar todo. Hay elementos de los cuales podemos y debemos, efectivamente, estar orgullosos. Una cierta idea de humanismo universalista, convenientemente actualizada, que extiende la condición de «humano» no solo a aquellos con los que compartimos nación o raza (etnos), sino también a los lejanos. Una relación concreta con el saber, que hemos etiquetado de «racionalismo» y que hemos enmendado convenientemente para alejarla de usos demasiados estrictos, al incluir otros saberes y afectos. La democracia como forma de organización política: un complejo experimento para tomar decisiones en común. El Estado de Derecho. Por no hablar de formas artísticas: de la Odisea a Cumbres borrascosas, de Shakespeare a Cervantes, de La Anunciación de Fra Angelico al Guernica de Picasso. De los versos de Safo a los de Cavafis o Juan Ramón. De Mozart a Rosalía.

Curiosamente, nada de esto aparece en los discursos de nuestros políticos. Mucho menos en los que nos llegan de la administración Trump, que desprecian estos logros para señalar, precisamente, aquello que nos hizo fracasar. Lo que Rubio reivindicaba no es la historia de vencedores que él pensaba, sino la de unos fracasados que han puesto en peligro la supervivencia de nuestra especie. ¿Se puede ser más ciego?

El proyecto europeo como respuesta al fracaso

Pero Europa, la Europa a la que Rubio se dirigía, nace como respuesta a ese fracaso —por eso le molesta— o, al menos, para enfrentar sus dos manifestaciones iniciales: las Guerras Mundiales, que pusieron fin a la época de los imperios europeos, y la descolonización que vino después. Es en este contexto en el que se gesta el germen de lo que posteriormente sería la Unión Europea. La Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA) se crea en 1951 directamente de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial. Compuesta por Bélgica, Alemania, Francia, Italia, Luxemburgo y Países Bajos, con esta unión quienes apenas un lustro antes habían sido enemigos fiaban al comercio las posibilidades de una paz futura.

No era, desde luego, una idea peregrina. Desde la Ilustración ya se pensaba el libre intercambio como garante de la paz universal. Diderot, sin duda, fue uno de sus grandes defensores, y también Kant, que señalaba en La paz perpetua cómo «el espíritu comercial, incompatible con la guerra, se apodera tarde o temprano de los pueblos». También el Mediterráneo de Braudel o el Pacífico occidental de Malinowski se sostienen a través de redes de intercambio comercial. Pero, otra vez, no nos interesa esta parte de la historia, sino la otra, la que insiste en que el objetivo último de este acuerdo no es a fin de cuentas mercantil, sino político, moral incluso. El mantenimiento de la paz. Así, el comercio es medio, no fin. La Unión se construye sobre el deseo y la fuerza política de un pacifismo que ha visto morir a millones en los mataderos de Verdún, Somme, Stalingrado o Las Ardenas, aunque venga acompasado con los intereses de los señores del acero.

En este punto el discurso con el que Robert Schuman, ministro de Exteriores de Francia, proponía la creación de la CECA no podía ser más explícito: «La paz mundial no puede salvaguardarse sin unos esfuerzos creadores equiparables a los peligros que la amenazan». Se iniciaba de esta forma, sobre valores anclados en lo mejor de la tradición occidental —el humanismo, el pacifismo, la ciencia, la democracia—, el proyecto europeo. Entre todas las versiones posibles, habíamos elegido la mejor de nosotros mismos.

De la dificultad de estar a la altura

El problema de marcarnos objetivos tan ambiciosos es que son muy difíciles de cumplir. Mientras la Unión Europea repetía incansablemente que se inspiraba en los mayores logros de la civilización occidental y en sus más altos valores, sus actos no siempre se compadecían con estas declaraciones altisonantes. Así, el ideal humanista se desleía en las aguas del Mediterráneo pobladas de cadáveres, escenario del fracaso de Europa, como señalaba Javier de Lucas. El compromiso con el pacifismo se empequeñecía ante la amenaza de una Rusia con ansias imperiales y bastaron un par de exabruptos de Trump para apartarlo al rincón más oscuro de la habitación. Y el genocidio en Palestina nos ponía, nuevamente, ante lo peor de nuestro legado civilizatorio sin que pudiéramos articular la respuesta común que exigía la masacre del pueblo palestino.

No, Europa no ha estado a la altura de su autoimagen. No ha sido fiel a los principios que decía encarnar o, incluso peor, los ha usado como excusa para ocultar sus auténticas intenciones, mucho más oscuras. Los «fines» convertidos en «medios». ¿Qué pensaría Kant? Pero esto no implica que debamos tirarlo todo por la borda, sino más bien al contrario. Precisamente porque es difícil, porque son casi imposibles de conseguir, debemos mantener esos principios como guía. Frente a otras potencias, que basan su ideario en la existencia de presuntos «espacios vitales» o en la defensa a ultranza y apenas actualizada del «tierra y sangre», el punto de partida de la Unión no parece el peor de los posibles.

Enfrentar el tercer fracaso sin dejar de soñarnos mejores de lo que somos

La época que habitamos, atravesada por el fin de la globalización neoliberal y de la geopolítica inaugurada tras la Segunda Guerra Mundial, está marcada por la urgente crisis existencial que representa el cambio climático antropogénico. Existencial, porque lo que está en riesgo es nada más y nada menos que la existencia de la humanidad. Urgente, porque nos estamos quedando sin tiempo para evitar sus peores efectos.

Cualquiera diría que, teniendo en cuenta lo que está en juego, estaríamos centrados en resolver esta crisis, pero no es el caso. Cerramos los ojos ante este nuevo fracaso de la modernidad o, aún peor, optamos por supuestas soluciones que nos hacen confundir el camino. Es aquí donde una Europa consciente de lo que representa, capaz de asumir sus responsabilidades y comprometida con los valores que dice encarnar, tendría sentido. Valores que están recogidos en el Tratado de Lisboa y que destilan lo mejor de esa historia que sí podemos reivindicar: el respeto por la dignidad humana, la libertad, la democracia, la igualdad, el gobierno de las leyes y el respeto de los derechos humanos.

No es tarea fácil construir una respuesta a la crisis climática y a los riesgos sociopolíticos y ambientales que conlleva a partir de esta aspiración, de este deseo de honrar lo mejor de nuestra historia, pero tampoco es imposible. Una respuesta que asuma las críticas realizadas a la historia de Occidente desde el feminismo, el pensamiento poscolonial y el antirracismo, y las entienda como unas de sus mejores realizaciones, no como excrecencias a eliminar. Una respuesta construida desde el reconocimiento de nuestros errores y fracasos, desde el respeto y la reparación a las víctimas. Una respuesta que asuma que asegurar un espacio seguro para la humanidad implica no superar los límites biofísicos del planeta que garantizan su habitabilidad, pero tampoco el suelo social que nos garantiza una vida digna. Una respuesta, en definitiva, a la altura de nuestras aspiraciones.

Posiblemente no convenza a Marco Rubio, pero este sería un proyecto europeo que merecería la pena sostener. Un proyecto del cual estar orgullosas.

Juan Manuel Zaragoza es profesor de Historia de la Ciencia y Filosofía de la Naturaleza en la Universidad de Murcia. Es autor del libro Componer un mundo en común. ¿Por qué necesitamos a Bruno Latour? (Lengua de Trapo/Círculo de Bellas Artes, 2024).

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