Saltar al contenido
Portada » Blog » Siete tesis sobre ecología y extrema derecha

Siete tesis sobre ecología y extrema derecha

Gemma Barricarte, Jaime Vindel y José Luis Rodríguez
I

La relación entre ecologismo y fascismo no es una novedad histórica. Lo que hoy denominamos «ecofascismo» presenta una serie de precedentes en diversos contextos globales, particularmente en los fascismos históricos europeos. Más allá de las prácticas personales de algunos de sus dirigentes (como el vegetarianismo de Hitler, aunque es dudoso que respondiera a una sensibilidad animalista), la Alemania nazi y la Italia fascista promovieron la preservación de determinados entornos naturales a través de políticas como la creación de parques nacionales. La naturaleza como un valor nacional a preservar establecía un perímetro artificial en torno a determinados ecosistemas, perfectamente compatible con el despliegue del productivismo, el fosilismo y el racismo. Tornar productivo cada metro cuadrado de la nación para un modelo autárquico de agricultura fue una obsesión de Mussolini, incrementada por la frustrada aventura colonial en África. La red de autostrade y Autobahnen transalpinas y germanas eran motivo de orgullo para regímenes que convirtieron el vehículo motorizado en la fuerza que propulsaba hacia el futuro una visión reaccionaria de la modernidad (pero moderna, al fin y al cabo). La amenaza judía para la preservación de la raza aria y su conexión espiritual con la naturaleza, alimentada por las tradiciones románticas vernáculas, es un precedente de la aversión al musulmán, hoy chivo expiatorio de la teoría del «gran reemplazo». La Otredad étnica y religiosa, pero también de clase, género y sexual, supone para los ecofascismos históricos y contemporáneos un ataque frontal a la naturaleza nacional, entendida en un sentido tanto vagamente ecológico como intensamente esencialista e identitario.

II

Apuntan Sam Moore (pseudónimo de Richard Hames) y Alex Roberts a propósito del propio sustantivo «ecofascismo» que «tal vez se trate de un término que está a la espera de un movimiento real, una mera concatenación de vocablos, que designa el lugar de encuentro entre dos de los vectores políticos más potentes de nuestra época (“eco” y “fascista”), un lugar en el que un día podría surgir una política coherente, una especie de círculo de invocación para un demonio que está por venir» (Baterías, bombas y fronteras. El cambio climático y la extrema derecha). En algún momento no demasiado lejano pensamos que la crisis ecológica nos iba a sumir en estados absolutos de escasez, un escenario ante el que el proyecto progresista quería plantear horizontes vitales deseables y redistributivos de austeridad compartida, pero en el que perfectamente podría medrar también un modelo ecofascista de exclusión y violencia xenófoba por unos recursos menguantes en una civilización en colapso. Hoy la marea neofascista ya está anegando espacios de poder y vemos que las perspectivas ecológicas, energéticas y culturales del campo reaccionario son bastante más complejas que esa fantasía survivalista; cabe preguntarse de quién era realmente esa fantasía. La invocación del demonio ecofascista fue precipitada, un enemigo fantasmal con el que entretenernos, y revelaba más sobre nuestra capacidad imaginativa o nuestras pulsiones más secretas que sobre la potencia de nuestros análisis e intervenciones. Muchos de esos principios ecofascistas están por supuesto presentes en el terremoto reaccionario actual, pero coexisten con otros tantos que son absolutamente novedosos. Esto se debe en parte al propio avance de la revolución electrotécnica a escala industrial, que está transformando ya la base material de la economía y empezando a cumplir una promesa de abundancia energética (de momento solo energética) que quizá desbarate las previsiones de colapso material. Esta realidad no excluye la competencia energética, sino que la reformula y eleva: la transición no se está dando en la competencia por el acceso a una escasez de suma cero, sino en la competencia entre dos modelos industriales, uno fósil (estadounidense) y otro renovable (chino). No son campos uniformes —las renovables siguen creciendo en Estados Unidos, China sigue dependiendo enormemente de los combustibles fósiles—, ni esta situación anticipa un enfrentamiento entre bloques ideológicamente compactos al estilo de una «guerra fría energética» —las cosas hoy resultan más lábiles—, pero sí se dibuja aquí el contorno de la política contemporánea, en el que de hecho, y ya no como hipótesis, despunta el proyecto ecológico-energético real y tangible del fascismo actual: el fascismo fósil.

III

Los neofascismos contemporáneos se debaten, por tanto, entre un negacionismo climático puro (y, sobre todo, duro), un cada vez más presente negacionismo climático blando (aceptación discursiva de la crisis, pero negación práctica de las soluciones, o incluso de su importancia; lo que en la jerga psicoanalítica no se llamaría «negación» sino «renegación») y una versión actualizada de los ecofascismos históricos. Estas no son posiciones incompatibles, de hecho pueden convivir en un mismo programa, en un mismo proyecto o en una misma cabeza. En el primer caso, tienden a revalidar la anexión imperialista a la geopolítica global del petróleo comandada por Estados Unidos, pero hoy con unos tintes especialmente personalistas y neomonárquicos. Una sumisión que en el caso español se remonta a la política desarrollista del franquismo y que en estos días vemos vergonzosamente reeditada por VOX a propósito de la guerra en Irán. En el segundo, las posturas son más difusas, y por ello más magnéticas y sibilinas, capaces de infiltrarse en las filas conservadoras tanto como en las de la izquierda más o menos radical: la crisis climática aparentemente no se niega, en parte por guardar las formas; ahora bien, las soluciones necesarias parecen tan desproporcionadas y agresivas que se despliega una cadena de evasivas infinitamente extensa ante la que cualquier razonamiento en defensa de la transición solo consigue dar un salto al siguiente eslabón de excusas. Este mecanismo argumentativo, reciclado de la mente conspiranoica, defiende el business as usual fósil —puede que con más fiereza que el negacionismo— bajo el pretexto de que solo busca hacer más perfecta e indolora la transición. En el tercero, las líneas discursivas suelen ser más sutiles, retomando narrativas nacionales dotadas de mayor transversalidad ideológica. La asociación ecologista La Foresta che Avanza (El bosque que avanza), integrada en Casa Pound, concibe los árboles como «la columna de la nación», evocando así las políticas de reforestación desplegadas por las milizie forestali (milicias forestales) del fascismo italiano durante el periodo de entreguerras, que compatibilizaron el embellecimiento del paisaje con la contención de los procesos erosivos que colmataban los embalses destinados a la producción de hidroelectricidad. En el caso español, VOX ha criticado recientemente, en el contexto de la catástrofe de la DANA valenciana, el derribo por el MITECO de pequeñas presas y azudes, convertidas en símbolos del progreso nacional por el franquismo, pero cuyo desmantelamiento desde luego no tuvo nada que ver con la magnitud del desastre. La articulación entre conservacionismo y productivismo retomó los proyectos de signo liberal-progresista que, en torno a la política de regadíos y de explotación forestal, se desplegaron desde el último tercio del siglo XIX, desprendiéndolos de sus elementos emancipadores, como la reforma agraria. La desviación fascista de los proyectos de modernización progresista es una constante histórica. Por extraño que pueda parecer en los críticos del fanatismo climático, la extrema derecha no ignora las ventajas competitivas que las infraestructuras renovables plantean para un país como España. Ese factor interno, sumado a la evolución de las tensiones geopolíticas entre los intereses del viejo capitalismo fósil y el nuevo orden electrotécnico, pueden impulsar un reacomodo reaccionario a la transición energética, reeditando una operación similar a la que el fascismo o el franquismo realizaron con los planes regeneracionistas basados en el desarrollo de las infraestructuras hidráulicas. No sería una mala noticia desde el punto de vista de la política climática, pero dificultaría que esta se vinculase a una agenda social y cultural más ambiciosa.

IV

Robert O. Paxton, en Anatomía del fascismo, señaló las mutaciones del programa fascista antes y después de su acceso al poder. Su capacidad de adaptación y la audacia para captar la singularidad del momento político han sido a menudo infravaloradas. Paxton destacó otro aspecto medular de los fascismos históricos: cómo los discursos tradicionalistas y el antivanguardismo contra las expresiones artísticas «degeneradas» se conjugaron con una apuesta decidida por controlar los aparatos de producción cultural, incluidos los tecnológicamente más avanzados, como el cinematógrafo. Fue el movimiento político del siglo XX con una preocupación más intensa por las políticas de la imagen. Leni Riefensthal se lanzó a la conquista de las cumbres alpinas para filmar más tarde el descenso en avión del Führer hacia los mítines de Nuremberg. Marinetti hizo del automóvil propulsado por gasolina una máquina de la guerra total y de la afirmación de la personalidad autoritaria y patriarcal, con una potencia libidinal tan intensa que incluso sus críticos acérrimos, como Walter Benjamin, quedaron presos de esas metáforas visuales a la hora de imaginar los contramodelos de la imaginación comunista. Actualmente, la subjetividad reaccionaria se propaga a través de las redes sociales, con el meme o reel viralizado reemplazando al documental de propaganda. La guerra cultural de las nuevas y viejas derechas condiciona las resistencias contemporáneas a modelos urbanos alternativos como el de la «ciudad de los quince minutos», el cual coarta el supuesto nicho de libertad que asociamos con la privatización de la movilidad y la posesión de un vehículo motorizado. Este marco reaccionario también se extiende al campo, aglutinado culturalmente en torno a un modelo clasista y esencialista de la agricultura, seña de una identidad rural que ha de ser preservada a toda costa del asedio ecologista urbano, ferviente partidario de las infraestructuras renovables. La petromasculinidad del motor de combustión extiende así su influencia desde el SUV de alta gama hasta las tractoradas de ASAJA, promoviendo una respuesta defensiva explícita o implícitamente fósil frente a la transición energética.

V

Cara Daggett ha denominado «petromasculinidad» a la convergencia entre ansiedad climática y ansiedad de género. En un momento histórico en el que el horizonte fósil comienza a resquebrajarse material y simbólicamente, determinados imaginarios vinculados al petróleo y al motor de combustión reaparecen como dispositivos compensatorios de reafirmación identitaria. Sin embargo, reducir este fenómeno a una patología individual o a una esencia masculina sería un error. Como ha señalado Lionel Delgado, las masculinidades no constituyen experiencias homogéneas ni universales, sino ensamblajes situados de clase, territorio, raza y experiencia cotidiana. La petromasculinidad no se expresa del mismo modo en el magnate petrolero, el camionero precarizado, el joven atrapado en economías de plataforma o el habitante de barrios desindustrializados. El automóvil, en particular, ocupa un lugar privilegiado. Además de un simple objeto de consumo o una herramienta de trabajo, constituye una heterotopía fósil: puede ser un símbolo de estatus o una necesidad vital, pero también una cápsula móvil de aislamiento, libertad y refugio. De ahí que las disputas sobre la movilidad, las restricciones urbanas o la transición energética adquieran especial intensidad. Lo que se percibe amenazado no es únicamente una infraestructura material, sino una determinada experiencia libidinal de la libertad. La precarización contemporánea no solo amenaza los ingresos salariales o la seguridad corporal, dificultando el acceso a bienes tan básicos como la vivienda, sino que dificulta el arraigo y la continuidad biográfica. En ese contexto, el fetiche de la máquina fósil expresa muchas veces una búsqueda desesperada de apego afectivo frente a la experiencia cotidiana de la intemperie vital. La subjetividad petromasculina encuentra además nuevos canales de circulación y amplificación en las comunidades digitales contemporáneas. A modo de compensación libidinal del miedo a la obsolescencia corporal y laboral, la petromasculinidad ofrece una promesa de dureza e inmunidad, y promueve una transferencia tecnológica al vehículo motorizado de la potencia política de la que se ha desposeído al sujeto social.

VI

Acostumbramos a decir que hoy toda política es política climática. No hace falta estirar demasiado esta afirmación para entender que también lo es el fascismo de nuestra época. Pero a medio camino entre la negación, la renegación y el ecofascismo, su proyecto prospera de hecho entre las consecuencias más nefastas de la crisis climática: la desintegración social, las catástrofes medioambientales, la ira ante el abandono político, el miedo al desastre, el pánico ante el cambio. No debería sorprendernos que buena parte de las energías afectivas y políticas de la extrema derecha contemporánea encuentren hoy uno de sus principales puntos de condensación en la masculinidad fósil. La persistente brecha de género en el voto ultraderechista revela hasta qué punto está ligado a una gestión política del malestar masculino: alcanza entre el 30% y el 50% en diferentes países de las democracias liberales occidentales. Desde la crisis financiera de 2008, amplios sectores de hombres, especialmente jóvenes y precarizados, experimentan formas crecientes de soledad, incertidumbre material y descomposición identitaria. Se configura así un paisaje afectivo marcado por la ansiedad y el resentimiento. La reacción antifeminista constituye solo la superficie más visible de un fenómeno más profundo: la sensación difusa de habitar un mundo en disolución. Esa sensación apocalíptica encuentra su aliado en la crisis climática, convertida alternativamente en conspiración, verdad insoportable o narrativa colapsista. Como explica Alberto Toscano, «es la conversión del miedo a la destrucción en política de la destrucción lo que define las bases y los mecanismos psicosociales del fascismo». Hay un orden social que se percibe amenazado por migrantes, feministas o personas queer; la crisis climática vuelve materialmente palpable esta metáfora —las olas feministas o la marea de migrantes es ahora una inundación real—; en ella florecen los afectos y la erótica fascista. Lo que es objeto de horror es también objeto de fetiche y es el estado de ánimo irritado del desastre el que más conductividad ofrece a la psicología social del fascismo. ¿Qué proyecto de extrema derecha, entonces, desearía secar el caldo de cultivo de su éxito? Que esto no oculte, con todo, una pregunta incómoda respecto a los estados de ánimo fascistas: ¿qué tipo de liberación afectiva está permitiendo el fascismo que nuestro programa de transición no está sabiendo formular? ¿A qué deseos más o menos perversos nuestro proyecto no está sabiendo ofrecerle carril?

VII

Ante este clima de época, el ecologismo social y la izquierda política corren el riesgo de sucumbir a la tentación de atrincherarse en reclamar la verdad y la razón frente a la manipulación y las emociones; como si estas no fueran también verdad. Es una vía de corto recorrido. Las estrategias climáticas frente al auge reaccionario deben dar la batalla en el escurridizo campo de la sensibilidad. No requerimos una imagen justa de la crisis ecosocial, sino justamente una imagen o, mejor aún, una multitud de imágenes que movilicen el deseo y la aspiración de transitar más allá de ella. Si alguien entendiera el deseo meramente como la satisfacción de carencias, la política quedaría entonces atrapada en una lógica reactiva de compensación identitaria. Pero el deseo no solo compensa pérdidas: también construye mundos. El desafío político no consiste únicamente en, por ejemplo, denunciar el carácter destructivo del capitalismo fósil porque en la localización de las causas últimas se pueda hallar la clave de las soluciones definitivas, sino en desactivar —en ir desactivando— la economía afectiva que lo sostiene; en producir imaginarios alternativos que, desde luego, han de contar con una base material de bienestar, protección y reconocimiento, pero la cual por sí misma, aunque sea programáticamente satisfactoria, no alcanza siquiera a rozar la profundidad de la reelaboración psicológica que al menos desde 2016-2020 ha emprendido el campo reaccionario. No se trata de diluir toda la lucha ecologista en una lucha de la sensibilidad, sino de incorporar esta al entramado estratégico y táctico. La ficción narrativa no es algo que se oponga a la realidad, sino un imaginario que la desdobla, proyectando otros horizontes posibles. Desde las políticas públicas a la producción cultural, esos relatos han de promover un nuevo sentido común de época, que conecte los proyectos emancipadores del pasado con su proyección futura, las genealogías de la solaridad con la estética solarpunk. No hay tiempo que perder. La extrema derecha nos lleva la delantera: ha extendido una serie de bulos en torno a la transición energética, a menudo suscritos y expandidos cacofónicamente por determinados sectores de la izquierda. Para ello, convendría que el ecologismo oscile el peso de su balanza activista desde el ámbito de la crítica total (a menudo políticamente paralizante) hacia el de la hegemonía, que siempre implica priorizar disputas y aparcar temporalmente otras, aprender a hablar la lengua franca de nuestra época aunque parezca negar el idioma de nuestra familia política, incorporar al propio proyecto —sin sometimiento de por medio— a otros grupos sociales y sus prioridades; en definitiva, suspender parcialmente nuestras certezas e identidades para explorar alianzas y afectos diversos e incómodos, pero imprescindibles a la hora de constituir un bloque histórico que en algún momento se pueda llamar victorioso.

Gemma Barricarte es artista e investigadora en el CSIC. Jaime Vindel es investigador en el CSIC y autor de libros como Cultura fósil o Estética fósil. Juntos han comisariado la exposición ¡Aquí hay petróleo! José Luis Rodríguez es coordinador del Instituto Meridiano.

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.