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Hacia la autosuficiencia conectada

Juan Requejo

Hay transformaciones que no son solo técnicas. La transición del modelo tecnofósil al electrorrenovable parece, en la superficie, una cuestión de ingeniería y mercados. Pero, si nos quedamos en esa lectura, estaremos desperdiciando algo más que una oportunidad: estaremos obviando la pregunta correcta. La pregunta no es solo cómo sustituimos el gas y el petróleo por electricidad renovable, sino si seremos capaces de aprovechar este momento para rediseñar los patrones más disfuncionales de nuestra vida colectiva.

El modelo fósil no nos dio solo carburante. Nos dio también una forma de organizarnos: jerarquía y escala, ciudades diseñadas para el automóvil privado, cadenas alimentarias que recorren miles de kilómetros, ocio concentrado en los mismos destinos durante las mismas semanas. Esos patrones tienen una lógica interna coherente con el acceso barato e ilimitado a la energía. Pero esa lógica ya no funciona. Y si cambiamos la energía manteniendo el resto intacto, habremos hecho un gran esfuerzo para llegar al mismo sitio por otro camino.

La fraternidad electrorrenovable, si merece ese nombre, exige algo más. Exige que al cambiar la base energética cambiemos también el propósito productivo, los hábitos de consumo y los mecanismos de gobernanza. El concepto que mejor articula esta ambición es el de «autosuficiencia conectada»: lo que puede hacerse cerca, se hace cerca; lo que requiere mayor escala, se organiza en red. No es autarquía. Es subsidiariedad aplicada al metabolismo territorial: unidades que producen localmente su energía, su alimento y parte de sus servicios, que cierran sus ciclos de materia en la medida de lo posible y que se articulan entre sí para compartir excedentes y cubrir lo que les falta.

El primer ejemplo es el de la movilidad. La electrificación del transporte es un avance real, pero si lo que hacemos es sustituir, motor a motor, el de combustión por el eléctrico sin tocar el modelo de base, no habremos resuelto totalmente la cuestión. Las ciudades seguirán siendo ineficientes, el espacio público continuará colonizado por el automóvil y decenas de miles de furgonetas seguirán repartiendo paquetes puerta a puerta. Además, estaremos aceptando de forma pasiva los costes ambientales de la producción de vehículos y sus baterías.  El verdadero salto consiste en hacer del transporte colectivo la opción prioritaria, no exclusiva. Un autobús eléctrico con veinte viajeros es incomparablemente más eficiente que veinte coches eléctricos haciendo el mismo recorrido. El tren de mercancías electrificado es imbatible frente a cualquier flota de camiones, aunque sean de propulsión eléctrica. La distribución minorista tiene fórmulas mejores que la solución cómoda y muy ineficiente de llevar todo tipo de tipo de paquetes hasta la puerta de casa con vehículos de 2.500 kilos. Estos cambios requieren inversión pública y también algo más sutil: cambiar la jerarquía de valores que ha situado durante décadas al vehículo privado en el centro de nuestra forma de movernos. Y exige soberanía tecnológica en las aplicaciones de gestión: reproducir en la movilidad la dependencia digital que ya tenemos respecto a plataformas diseñadas fuera de Europa sería sustituir una dependencia por otra.

El segundo ejemplo es el de la alimentación. La cadena alimentaria global es uno de los mayores consumidores de combustible fósil del planeta. Cambiar la energía que mueve los tractores y los camiones de reparto no es suficiente si no abordamos el modelo de manejo del suelo y la estructura del territorio. La reintegración en un mismo sistema de agro, pasto y bosque, la agricultura y la ganadería regenerativas, la recuperación de la salud ecológica del suelo: todo eso abre un camino que va mucho más allá de la mera sustitución energética. Establecer como objetivo que el quince por ciento de la alimentación de las ciudades medias proceda de cultivo orgánico en su entorno no es una utopía, es una decisión de política agraria y de compra pública que está al alcance de administraciones que quieran tomarse en serio la transición. Cada hectárea de suelo fértil periurbano recuperada para la producción agraria de alimentos de proximidad es una pieza de autosuficiencia conectada: soporte alimentario, regulación hídrica y captura de carbono al mismo tiempo.

El tercer ejemplo es, aparentemente, el más alejado de la energía: la organización de las vacaciones. Lo traigo a colación porque ilustra con precisión cómo la resistencia al cambio no es solo tecnológica, sino cultural y política. No tiene sentido que decenas de millones de personas se desplacen en masa hacia los mismos destinos durante las mismas semanas, generando colapsos de infraestructuras, degradación del entorno y empleo estacional de baja calidad. La propuesta es conocida: un sistema rotatorio entre comunidades autónomas de vacaciones escolares de mayo a septiembre, como existe en otros países europeos, que distribuya la demanda a lo largo de un periodo mucho más amplio. En Alemania se establecen turnos rotatorios por Lander[1]; en Francia se organizan en tres grandes zonas[2]. Menos congestión, menos paro estacional, menos inversión en infraestructuras sobredimensionadas para el pico de agosto, mejor experiencia turística en destino y una mayor eficiencia en el consumo de energía. Si estamos dispuestos a transformar la base energética de nuestra civilización, a sustituir los fertilizantes y a cambiar los motores de nuestros vehículos, no hay razón para que el calendario de vacaciones escolares sea intocable. Lo que falta no es capacidad técnica: es, de nuevo, voluntad e imaginación política. Es un camino con dificultades que exige un pacto entre administraciones central y autonómicas, docentes, empresas, sindicatos y sector turístico que ponga el interés colectivo por delante de la inercia de cada cual, y que identifique así los beneficios múltiples para muchos actores.

Estos tres asuntos —movilidad, alimentación y vacaciones— apuntan desde ángulos distintos hacia el mismo modelo: un territorio que mueve a sus habitantes en transporte colectivo electrificado, que se esfuerza en alimentarse de su entorno agrario próximo y que distribuye su ocio a lo largo del año es un territorio más eficiente, más resiliente y más igualitario. Ese territorio existe ya, en fragmentos, en muchos lugares de Europa. Lo que no existe aquí todavía es la decisión política de construirlo de forma deliberada y a escala de país.

Los tres ejemplos tienen en común algo más que la relación con la energía. Todos ellos apuntan a la misma necesidad: que la transición energética sea también una transición en los patrones de decisión colectiva. Que los criterios de eficiencia, suficiencia y equidad desplacen a los de conveniencia inmediata, conformismo y rentabilidad a corto plazo. Que la gobernanza se haga cargo de las externalidades que el mercado ignora y que los ciudadanos padecen.

La fraternidad electrorrenovable no es un concepto poético. Es una exigencia práctica. El cambio de modelo energético solo tendrá sentido completo si viene acompañado de un cambio en la forma en que decidimos juntos cómo queremos vivir. El despilfarro no es solo un problema de combustibles: es un problema de cultura, de incentivos y de gobernanza. Y eso, por suerte o por desgracia, no lo resuelven los paneles solares solos.

 

Juan Requejo es economista, geógrafo y consultor de planificación

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[1] Las vacaciones de verano se escalonan regionalmente y las fija a largo plazo la Conferencia de Ministros de Educación y Cultura (KMK). El margen disponible va del 20 de junio al 15 de septiembre, con una duración mínima de seis semanas. Ver https://www.kmk.org/service/ferien.html.

[2] La división en tres zonas de vacaciones A, B y C, que sigue vigente hoy en día, proviene del decreto de 24 de julio de 1995: https://www.education.gouv.fr/calendrier-scolaire-toutes-les-dates-des-cours-et-des-vacances-100148.