Este ensayo se publicó originalmente en la revista Equator el 6 de abril de 2026.
Mona Ali
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El cierre de una vía marítima estratégica por parte de un país asediado es de los acontecimientos más raros y trascendentales en la historia de la economía mundial. Solo ha ocurrido en dos ocasiones desde la posguerra. En 1956, Egipto cerró el canal de Suez durante cinco meses, un acto que hizo quebrar la moneda imperial de Gran Bretaña e inauguró la era del petrodólar. Demostró por primera vez que un país pequeño podía infligir daños graves al orden económico que lo había estado sojuzgando. Ahora Irán ha bloqueado de manera efectiva el estrecho de Ormuz, por donde pasa una cuarta parte del petróleo marítimo del mundo. La pregunta es si esta crisis anuncia el fin de la hegemonía estadounidense y si señala el comienzo de la lucha sobre quién o qué la va a remplazar.
La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán ha hecho que más de tres mil buques queden varados en el golfo Pérsico y ha dejado al mundo con una escasez de más de once millones de barriles de petróleo al día. Se han visto interrumpidas cadenas de suministro enteras basadas en el flujo de hidrocarburos: no solo las exportaciones de petróleo y gas, sino también los suministros de urea para fertilizantes, de helio para semiconductores y de azufre para equipos de defensa. Después de haber estado sufriendo durante mucho tiempo las sanciones occidentales, Irán está ahora utilizando el arma económica por cuenta propia.
Los efectos son ruinosos y están llegando en cascada. En el hemisferio norte, el fertilizante se está agotando justo cuando los agricultores se preparan para sembrar la cosecha de primavera. Lo mismo ocurre en Sudán, un país asolado por el hambre. Egipto y Sri Lanka han puesto en marcha políticas de teletrabajo para racionar el consumo de petróleo. En El Cairo, se ha ordenado a las tiendas y restaurantes que cierren a las nueve de la noche. Las monedas de toda Asia —desde el won hasta la rupia— se desploman por las fugas de capital. Turquía ha gastado miles de millones de dólares para estabilizar la lira.
Las ondas expansivas se extienden más allá de los países con problemas de liquidez. En Reino Unido, un gran importador de energía, los rendimientos de los bonos soberanos (que afectan a los costes de endeudamiento del gobierno) han alcanzado niveles que no se veían desde la crisis financiera de 2008. Estados Unidos, que es el mayor productor mundial de petróleo y gas, puede estar más protegido, pero se prevé que la inflación supere el 4% en el plazo de un año. Los inversores han vendido bonos del Tesoro estadounidense con tal velocidad y volumen que a algunos bancos de Wall Street se han visto obligados a abandonar sus pantallas y volver al viejo comercio cara a cara. China, que dispone de vastas reservas de energía, es una excepción al caos general. El rendimiento de sus bonos se está manteniendo estable.
La crisis de Ormuz es tanto una prueba de resistencia financiera como un ajuste de cuentas geopolítico. Podría significar el fin del reinado del dólar estadounidense como moneda de reserva mundial y como medida universal de valor, un estatus que durante siete décadas ha apuntalado la hegemonía estadounidense. En este periodo, el dólar ha denominado el precio internacional del petróleo crudo (cuyo comercio superó el billón de dólares en 2024) y la mayor parte de la deuda mundial, con un valor superior a los cien billones de dólares en circulación. En los últimos años, el aumento de los precios de la energía ha tendido a fortalecer el dólar, transfiriendo riqueza a Estados Unidos y alejándola de los países con menos capacidad para soportar esta pérdida.
Ormuz todavía no señala el fin del entramado del dólar y los hidrocarburos, que desde siempre ha sido una mezcla explosiva de poder y volatilidad, pero sí revela los cambios estructurales que serían necesarios para una transición hegemónica. Irán ha permitido el tránsito de buques provenientes de Estados «no hostiles» a cambio, eso sí, de una tarifa de paso de hasta dos millones de dólares, preferiblemente en yuanes. Si el mundo pasara del dólar de hidrocarburos al petroyuan, esto sería un eco de otro rasgo de la crisis de Suez, que puso fin al reinado de la libra esterlina como moneda de reserva mundial. Sin embargo, a diferencia de lo ocurrido en 1956, las naciones del sur global tienen ahora un poder político considerable para dar forma al nuevo orden económico mundial.
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La hegemonía estadounidense ya llevaba años erosionándose antes de la crisis de Ormuz. Los factores que explican esta situación son múltiples: el creciente descontento con el predominio del dólar, el auge de China como rival sistémico, el impulso para reducir la dependencia de los combustibles fósiles y el creciente activismo geopolítico en el sur global.
Un momento clave se produjo hace cuatro años, cuando Rusia invadió Ucrania. En respuesta, Estados Unidos reunió un gran conjunto de países para imponer sanciones a Moscú. Putin se vengó reteniendo la energía dirigida a Europa, donde los precios del gas se descontrolaron. Los líderes europeos, desesperados, aumentaron las inversiones en energía limpia y recurrieron a fuentes alternativas de combustibles fósiles, incluido el gas natural licuado estadounidense. En 2023, casi la mitad de las importaciones de gas del continente procedían de Estados Unidos, cuya industria del petróleo y el gas obtuvo unos beneficios récord. Según iban aumentando las facturas energéticas, la Reserva Federal incrementaba repetidamente los tipos de interés para contener la inflación, lo que no hizo más que elevar los ingresos de los bancos estadounidenses. La combinación de un dólar que se apreciaba y de unos pagos de deuda cada vez más elevados produjeron la mayor caída anual de las reservas mundiales de divisas en más de dos décadas.
La crisis energética de 2022 demostró el extraordinario poder coercitivo del dólar imperial: Estados Unidos fue capaz de excluir a Rusia del sistema financiero mundial casi de la noche a la mañana. El sur global no olvidó esta lección: si esto podía ocurrirle a Rusia, podría ocurrirle a cualquiera. La búsqueda de alternativas a la dependencia del dólar —algo largamente debatido en las cumbres de los BRICS y en los despachos presidenciales— se intensificó. El Sistema de Pago Interbancario Transfronterizo de China se expandió. Se multiplicaron los acuerdos comerciales bilaterales denominados en monedas locales. El bloque BRICS, ampliado en 2024 para incorporar a Egipto, Etiopía, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos e Irán, comenzó a debatir sobre la creación de una infraestructura común de liquidación, autónoma respecto a sistemas centrados en el dólar como SWIFT. Ninguna de estas iniciativas constituyó por sí misma un sustituto del dólar. Algunos países repusieron sus reservas en dólares mientras que otros se diversificaron hacia el oro, y hubo otros que hicieron ambas cosas. Ambas posibilidades esbozaban una arquitectura financiera alternativa.
La invasión rusa consolidó involuntariamente el dominio estadounidense sobre los mercados energéticos mundiales. (Incluso antes de la guerra en Ucrania, Estados Unidos producía una quinta parte del petróleo y el gas del mundo, más que cualquier otro país). Washington ha ejercido ese poder de manera cada vez más arbitraria, desdibujando la línea entre las maniobras de mercado y la coerción económica. Por ejemplo, los contratos estadounidenses de GNL, a diferencia de lo que hacen sus homólogos cataríes, tienen una cláusula de «flexibilidad de destino» que permite desviar el producto a mercados más rentables en Europa. Esto ha provocado, entre otras cosas, graves escaseces en Asia.
Fue en este contexto en el que los fundamentos políticos de la hegemonía estadounidense comenzaron a resquebrajarse. Las amenazas de abandonar la OTAN, los ataques a países aliados como Canadá y Dinamarca, y las guerras arancelarias arbitrarias: todo ello ha hecho añicos la idea de que Estados Unidos —y su dólar de hidrocarburos— pueda ser una fuerza estabilizadora. Si la hegemonía requiere el consentimiento de aquellos a los que organiza, Trump la ha sustituido por algo que se parece más a la simple y llana extracción: o pagas o pagarás el precio.
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¿Cómo serían los inicios de una transición hegemónica? La crisis de Suez ofrece un modelo histórico. A mediados del siglo XX, buena parte del petróleo destinado a Europa fluía a través del canal de Suez, en buques que transportaban el producto desde los yacimientos petrolíferos del golfo Pérsico, en su mayoría controlados por los británicos. El «petróleo de la libra» era crucial para estabilizar las precarias finanzas británicas de la posguerra, lastradas por enormes deudas con Estados Unidos. Las tropas británicas llevaban mucho tiempo estacionadas en la zona del canal, donde la Compañía del Canal de Suez, de titularidad anglo-francesa, cobraba tasas de tránsito y peajes. En 1954, Gamal Abdel Nasser había obtenido un acuerdo para su retirada en un plazo de dos años.
Poco después de la salida de las últimas tropas británicas, en 1956, al descubrir que Nasser estaba comprando armas a los soviéticos, Estados Unidos y Reino Unido renegaron abruptamente de su promesa de financiar la presa de Asuán. En represalia, Nasser nacionalizó la Compañía del Canal de Suez. La toma de control no detuvo inmediatamente el tráfico del canal, pero sí demostró la capacidad de Egipto para utilizar esta vía fluvial como arma. Para garantizar por la fuerza el paso del «petróleo de la libra», Gran Bretaña, Francia e Israel invadieron Egipto. Tel Aviv tenía sus propias razones para unirse a la aventura: desde la Nakba, Egipto, con la cooperación de Arabia Saudí, había prohibido que cruzaran el canal los petroleros con destino a Israel.
La respuesta de Nasser fue sencilla pero efectiva: hundió buques cargados de hormigón para bloquear el canal. El cierre, que duró desde octubre de 1956 hasta marzo de 1957, provocó una grave escasez de petróleo en Gran Bretaña. La gasolina se empezó a racionar y se recortaron los suministros de combustible para calefacción. Harold Macmillan recortó el gasto en defensa y agotó las reservas en dólares de Reino Unido en un intento desesperado por proteger la libra. Aun así, en 1957, Gran Bretaña necesitó un rescate del FMI.
La agitación llevó a los especuladores monetarios a lanzar una oleada tras otra de venta masiva de libras. Las hostilidades se iban prolongando y la administración Eisenhower empezó a temer que los estados petroleros de Oriente Medio le dieran la espalda a Occidente… para mirar hacia la Unión Soviética. Estados Unidos se negó a proporcionar a Reino Unido dólares y petróleo para financiar la campaña de Suez, lo que tuvo el efecto que estaba buscando: Gran Bretaña capituló y retiró sus tropas. Persuadir a Israel llevó más tiempo. Eisenhower tuvo que poner sobre la mesa la posibilidad de imponer sanciones para que Tel Aviv abandonara la península del Sinaí y la franja de Gaza.
La crisis de Suez tuvo reverberaciones hasta en los rincones más remotos de la economía mundial. Fortaleció la balanza de pagos de Estados Unidos, erosionó la posición de Gran Bretaña en la jerarquía mundial y condenó a la libra a un futuro de inestabilidad crónica. La City de Londres se vio obligada a reinventarse como asesora de los mercados del dólar. Sin embargo, la libra siguió financiando un tercio del comercio mundial. Tuvieron que pasar unas décadas más —durante las que se produjeron el colapso de Bretton Woods, el enfrentamiento con la OPEP en los años setenta, el shock Volcker y la crisis de la deuda mundial de los ochenta— para que se consolidara el sistema del dólar.
Así pues, en retrospectiva, Suez no marcó exactamente el fin de una era. Más bien fue el momento en que la transición de la hegemonía de la libra al dólar se hizo visible. Algo similar está ocurriendo con Ormuz. La pregunta es: ¿cómo va a ser el orden por venir?
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Para los países del sur global, este orden se ha ido configurando en los últimos años con el avance del despliegue de energías limpias —paneles solares, parques eólicos, vehículos eléctricos, plantas de baterías y proyectos de hidrógeno verde—, que se ha convertido en la posible vía de salida de la trampa del dólar de los hidrocarburos.
Si tenemos en cuenta la espectacular caída de los costes de instalación de energías limpias, esta es a todas luces la opción racional. En 2022, Pakistán, enfrentado a una aguda escasez de dólares y golpeado por enormes inundaciones, protagonizó una revolución en la energía solar impulsada por los consumidores, un sistema que ahora representa una quinta parte del suministro eléctrico del país. Este cambio no se circunscribe a los países más pobres. La invasión rusa también empujó a la Unión Europea a invertir más en energía limpia, que ahora representa el 92% de su inversión energética total. La cuota de energía limpia de China es casi del 70%. A nivel mundial, dos tercios de los 3,3 billones de dólares de nueva inversión energética se destinan a tecnologías limpias. El actual aumento de los precios del petróleo ya ha impulsado la demanda de vehículos eléctricos de bajo coste en China o en Vietnam.
Un elemento crucial es que la transición a las energías limpias también permite una mayor soberanía. Se puede instalar un panel solar en un tejado de Lahore sin necesidad de llevar a cabo transacciones utilizando dólares. Un empresario puede instalar un parque eólico en Marruecos sin exponerse a las sanciones estadounidenses. Por el contrario, el petróleo y el GNL deben importarse, su precio se fija en dólares y se pagan con reservas cuyo valor puede reducirse por la próxima sacudida infligida por Estados Unidos.
Qué duda cabe de que la transición ecológica sigue siendo profundamente desigual —limitada, para muchos países, por el acceso al capital y la tecnología— y que por sí misma está creando nuevas dependencias. China es el centro de poder emergente. Desde 2022, su inversión extranjera en tecnologías limpias se ha disparado y ahora se extiende por cincuenta países; la escala y la ambición hacen que las comparaciones con el Plan Marshall parezcan anacrónicas. La mayor parte de esta fabricación ecológica se produce en el Sudeste Asiático; también está creciendo rápidamente en Oriente Medio y el norte de África. Todas estas regiones dependen cada vez más de la financiación china y de sus conocimientos técnicos.
Tampoco la prominencia del dólar va a desaparecer rápidamente. Al contrario, el sistema del dólar ganó poder a finales del siglo XX y principios del XXI a medida que la economía mundial iba saltando de una crisis a otra, causando así mayores intervenciones estructurales estadounidenses. Durante la crisis financiera de 2008, por ejemplo, la Reserva Federal estableció formalmente una red de swap lines (líneas de intercambio), dando a sus aliados más próximos —como la Unión Europea y Japón— acceso a liquidez de emergencia en dólares, de la que en buena medida estos han dependido desde entonces.
Este respaldo financiero es un salvavidas: la Reserva Federal puede sencillamente imprimir dólares y hacer desaparecer los problemas de liquidez. También es una correa. El comportamiento de Trump hacia sus aliados se ha vuelto cada vez más errático: actualmente está reprendiendo a los socios de la OTAN por no unirse a su «excursión» por el estrecho de Ormuz. Si la crisis energética se agrava, Trump podría presionar al Tesoro y a la Reserva Federal para que utilicen este apoyo financiero estadounidense como arma. De hecho, ya no se puede dar por sentado un rescate de la Reserva; los países que se nieguen a someterse corren el riesgo de perder por completo este respaldo.
La mayor parte del petróleo que fluye por el estrecho de Ormuz acaba en Asia. La turbulencia económica desatada por la agresión estadounidense-israelí ha llegado a importadores ricos de combustibles fósiles, como Japón y Corea del Sur. En caso de una crisis financiera, estos al menos podrían recurrir a las líneas de intercambio de dólares, una opción de la que no disponen los importadores más pobres del continente, como Bangladés o Filipinas.
Lo que Pakistán les está mostrando es un modelo diferente. Su base solar la ha hecho más resistente energéticamente y le ha dado más poder de negociación geopolítico del que la mayoría de los observadores esperaban. Islamabad ha garantizado el paso seguro de sus envíos de petróleo a través del estrecho.
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Las crisis energéticas tienden a tener consecuencias muy negativas y duraderas. Quizá por eso la Agencia Internacional de la Energía, un consorcio de treinta y dos países, ha anunciado la liberación de cuatrocientos millones de barriles de petróleo en el mercado mundial; un extraordinario esfuerzo multilateral. Incluso Estados Unidos —que en todos los sentidos un Estado que va por libre— está tomando medidas paliativas. Scott Bessent, secretario del Tesoro, ha levantado temporalmente las sanciones al petróleo marítimo ruso varado y al petróleo iraní, permitiendo explícitamente su entrada en Estados Unidos. Si ambas medidas son una señal de desesperación, también apuntan de manera lúgubre a una posible toma de control del sector petrolero de Teherán al estilo de lo ocurrido en Venezuela.
Hasta ahora, ninguna de estas intervenciones ha funcionado. En el momento en que redactamos este ensayo, el precio del Brent continúa rondando los 110 dólares por barril, frente a los 60 dólares aproximadamente de antes de la guerra. Mientras tanto, Irán, cuyos barcos atraviesan libremente el estrecho, está obteniendo casi el doble de ingresos por petróleo que hace un año.
Ormuz ha expuesto tanto la fragilidad del sistema de combustibles fósiles como los límites del poder estadounidense. Washington ya no parece capaz de ganar las guerras que inicia ni de gestionar las consecuencias económicas de sus temeridades. Con todo, sería ingenuo esperar que el poder estadounidense vaya a colapsar de repente, dejando un espacio inmaculado para la llegada algo mejor. Es más probable que se vaya degradando lentamente mientras, haciendo uso de la violencia y la coerción económica, le pone obstáculos al surgimiento de un nuevo orden internacional. Gaza, Líbano e Irán sirven de recordatorio, si es que acaso hacían falta, del alcance prolongado de la maquinaria de guerra estadounidense.
Mientras buena parte de la atención mundial se centra en Irán, al que Estados Unidos está bombardeando «para devolverlo a la Edad de Piedra», Washington también mantiene su propio bloqueo petrolero. Mientras la economía cubana se tambalea y se halla al borde del colapso, es doloroso recordar que fue La Habana donde las Naciones Unidas trazaron por primera vez un ambicioso marco comercial y de empleo para el orden internacional de la posguerra. La Carta de La Habana de 1948 proponía mecanismos para estabilizar los precios de las materias primas y reestructurar el comercio mundial para liberar al sur global de su continua dependencia de las antiguas potencias coloniales. Cuando Estados Unidos se negó a ratificar la carta, esta fue abandonada.
¿Qué naciones se unirán hoy para diseñar y comprometerse con una nueva Carta de La Habana? La ampliación de los BRICS, la expansión de los sistemas de pago regionales y el aumento de la energía limpia no constituyen por sí mismos esa coalición, pero la conjunción de todo ello es su caldo de cultivo. Lo que falta es un acto político constitutivo, el equivalente a un nuevo Bretton Woods para el orden posestadounidense, que para su legitimidad no dependa de la ratificación de Estados Unidos, ni siquiera de su participación.
Ormuz ha hecho imaginable el fin de la hegemonía estadounidense. También ha demostrado que, quizás por primera vez, el sur global, que tiene más que ganar con un orden diferente, posee la voluntad política y las herramientas económicas para empezar a construirlo.
Mona Ali es profesora adjunta de Economía en la Universidad Estatal de Nueva York.