Juan Requejo
Hay una paradoja que recorre el debate sobre la transición energética en España y que merece ser señalada con claridad: dentro de los sectores sociales que manifiestan una preocupación genuina por el cambio climático, hay quienes encabezan, al mismo tiempo, la oposición más feroz a la instalación de parques eólicos y fotovoltaicos en su entorno. Lo hacen, casi invariablemente, en nombre del paisaje. El paisaje se ha convertido en el argumento más versátil de la resistencia al despliegue renovable: une a conservadores que defienden el orden visual heredado y a progresistas sensibles a la dimensión estética del territorio; articula el «no en mi patio trasero» con proclamas de soberanía alimentaria; mezcla la legítima denuncia de malas prácticas con la impugnación global de las infraestructuras que tienen más visibilidad y alteran la imagen percibida del campo español. Frente a esta realidad hay dos respuestas posibles. La primera es ignorar el argumento paisajístico y acelerar el despliegue por la vía de la simplificación administrativa. La segunda, más exigente, más lenta y, a largo plazo, mucho más poderosa, es disputar el significado del paisaje.
Este texto apuesta por la segunda.
El paisaje no es la naturaleza: es la interacción entre el territorio y quienes lo habitan
El error de partida de buena parte del debate está en tratar el paisaje como si fuera solo un hecho físico objetivo, o portador de significados intrínsecos producto de la historia y la cultura, algo que «está ahí» y que las instalaciones renovables vienen a desfigurar. Pero el paisaje no es simplemente la realidad material del territorio: es el resultado de la interacción entre la matriz biofísica (el relieve, la vegetación, el agua, el clima) con la dimensión socioeconómica que le otorga significados y carácter y con las diferentes percepciones de los grupos sociales. El Convenio Europeo del Paisaje lo establece con precisión: el paisaje es la forma en que los distintos grupos de población perciben el territorio. No lo que el territorio es, sino lo que el territorio significa para quienes lo habitan, lo recorren o lo contemplan. Intervienen, pues, los valores emocionales y los significados que se le otorgan a los componentes del paisaje, a su composición y a las transformaciones que en él se operan. El paisaje es, según este enfoque, una realidad socialmente construida. Con ello no se quiere decir que la sociedad haya «construido» los montes, los ríos o los campos de cultivo, sino que los propios significados y los valores cambiantes que se le otorgan son, en sí mismos, una construcción social —pertenecen a la misma sustancia conceptual que el lenguaje. Por contraposición, hay quienes consideran el paisaje como patrimonio de valor intrínseco asociado a la condición de inalterable; como si la base biofísica y sus significados culturales formaran un todo congelado.
Otra aproximación es la que considera que «el paisaje es un bien común como convergencia de valores, modos de acción, mitos que definen la posibilidad de un proyecto compartido».[1] Esta visión refuerza la atribución al paisaje de contenidos programáticos.
Estas reflexiones cambian radicalmente el problema. Muchos autores han reconocido esta dimensión de interacción entre el hecho geográfico y la percepción: desde González Bernáldez y Kevin Lynch hasta contemporáneos como Joan Nogué, Florencio Zoido o Rafael Mata. Eduardo Martínez de Pisón lo ha formulado con precisión: «un paisaje no es sólo un lugar, es también su imagen. No reside sólo en la naturaleza, en la historia, en la estructura social, sino también en la cultura. Es, pues, un hecho, una forma geográfica, más su conocimiento, un modo de relación con aquélla, de entenderla». Si el paisaje es una construcción social, un sistema de significados producido históricamente y cargado de relaciones de poder, memoria e identidad, entonces esos significados no son fijos: varían según los grupos sociales que perciben el territorio, según la escala de referencia de la población —lo local, lo regional, lo nacional— y según el tiempo. El paisaje de una generación no es el mismo que el de la siguiente. Esa variabilidad no es una debilidad teórica: es la condición que hace posible la disputa. Los significados pueden transformarse, reescribirse. Y esa disputa es, en esencia, política.
Lo que hoy percibe una parte de la población como paisaje «natural» o «tradicional» es, en su inmensa mayoría, el paisaje del sistema tecnofósil predominante y de la agricultura industrial: campos mecanizados con aplicación intensa de agroquímicos, montes estériles con grandes extensiones de eucaliptus, infraestructuras de transporte por donde circulan miles de vehículos que queman combustibles fósiles. Esa matriz biofísica ha sido modelada durante décadas por una economía y una cultura determinadas, y los significados que le otorgamos, la percepción de que ese paisaje es «el de siempre», son el producto de esa interacción socioeconómica sedimentada. Nadie levanta pancartas contra los oleoductos enterrados o los gaseoductos que cruzan las sierras, las gasolineras o los distribuidores de butano. Los hormigones de las autovías provocan menos rechazo que los brillos de los cristales y los aluminios de las placas fotovoltaicas. Nadie convoca manifestaciones por los pozos de extracción de agua para el riego intensivo. El umbral de visibilidad no es neutro: lo que ya está se naturaliza; lo nuevo se percibe como intrusión. La población que nace y pasa su infancia junto a unos tendidos de alta tensión no se indigna, sencillamente no los ve. La costumbre los vuelve transparentes. La reacción de oposición paisajista a las renovables es, en parte, una reacción emocional ante un cambio relevante en la escena cotidiana y de la infancia. Y es también, con frecuencia, una reacción diferente según el grupo social al que se pertenece: no es igual la percepción del agricultor que la del residente urbano que pasa los fines de semana en el campo.
Los aerogeneradores y los paneles fotovoltaicos son visibles. Son grandes. Alteran la imagen conocida del campo. Pero esa visibilidad no es un argumento contra ellos: es la condición de su función. Con la infraestructura renovable la energía regresa al territorio porque el sistema tecnofósil, basado en la concentración de energía densa, opaca y transportable, a menudo en lugares que nos resultan remotos, ha llegado a su límite histórico. La generación renovable es, por definición, energía dispersa, vinculada a los recursos del lugar: el viento, el sol, el agua. Su presencia en el territorio no es una anomalía: es la expresión física de que el metabolismo energético de la sociedad vuelve a depender del territorio que lo sostiene.
Una herencia sin testamento
La imagen que Hannah Arendt toma de René Char, la «herencia sin testamento», expresa que hay legados reales que no vienen acompañados de instrucciones: algo valioso que transmitir, pero sin un marco que prescriba cómo recibirlo. Esa ausencia no es carencia; es la condición de una transmisión viva.
El paisaje heredado funciona igual. No hay un decreto que fije qué aspecto debe tener el territorio para ser considerado valioso y, cuando lo hay, no funciona. Lo que existe es una historia acumulada de lecturas, afectos y conflictos en torno al territorio; una sedimentación de significados que las generaciones reciben sin instrucciones de uso. La pregunta no es cómo conservar ese legado intacto (esa es la lógica de los museos, la del patrimonio congelado) sino cómo reinterpretarlo con responsabilidad hacia quienes vienen después. Las generaciones futuras no nos piden que les entreguemos el paisaje tal como lo recibimos, fosilizado. Nos piden que no les cerremos las opciones, que no hipotequemos el clima por defender una imagen del campo, que no sacrifiquemos la biodiversidad real amenazada por la crisis ecológica en el altar de la biodiversidad aparente (y falsa) de los monocultivos verdes.
La energía regresa al territorio
La historia ofrece perspectiva. Los molinos que provocaron la ira de Don Quijote (y la resistencia de muchos contemporáneos de Cervantes, de pensamiento tradicional y conservador) son hoy patrimonio cultural y rasgo identitario irrenunciable de La Mancha. Los molinos holandeses de Kinderdijk, objeto de críticas virulentas en su momento, son hoy Patrimonio de la Humanidad. Las innovaciones energéticas siempre han generado conflicto en su implantación. El rechazo no estaba en la naturaleza de los artefactos, sino en el significado que determinados grupos sociales les atribuían: el de la amenaza a un orden conocido y un horizonte familiar.
No se trata de despreciar ese malestar. Se trata de entenderlo y de trabajar con él, no contra él. El territorio es el soporte de identidades, memorias y pertenencias reales. Transformarlo sin contar con quienes lo habitan es, además de políticamente ineficaz, éticamente cuestionable. Lo que la oposición paisajística señala, cuando no es pura táctica dilatoria, es una demanda legítima de participación en las decisiones que afectan al entorno vivido. Esa demanda no puede resolverse con mejores relaciones públicas. Requiere procesos reales de deliberación.
Disputar el significado
Aquí está el núcleo de la propuesta. Si el paisaje es, como sostiene Anne Sgard, un «facilitador de la palabra», un objeto compartido y accesible desde el que construir proyectos colectivos, entonces el despliegue renovable necesita una narrativa paisajística propia. No la negación del conflicto, sino su transformación. No interpretar los aerogeneradores como agresiones al horizonte, sino como expresión visible de una comunidad que ha decidido tomar el control de su energía, arrebatándosela a los petroestados. Los paneles fotovoltaicos no como invasores de la tierra agrícola, sino como la forma en que un territorio semiárido, expuesto a la sequía creciente y al abandono rural, genera riqueza distribuida a partir del único recurso que la crisis climática no reduce: el sol. Las renovables pueden ser el catalizador de la regeneración de biodiversidad bajo las placas en los campos de secano esterilizados por los agroquímicos e impulsores de otras formas de uso y manejo del espacio forestal dominado por eucaliptus y otras especies forestales de crecimiento rápido.
Este cambio de significado no se decreta: se construye. Y se construye de forma diferenciada, porque los significados del paisaje y sus procesos de transformación varían según los grupos sociales, según la escala territorial de referencia de la población y a lo largo del tiempo. Lo que valora un agricultor no es lo que valora un ecologista urbano; lo que percibe como amenaza una comunidad local no es lo que ve como oportunidad un inversor externo. Incorporar esa diversidad de percepciones no es condescendencia: es la única manera de construir legitimidad real. Requiere que las instalaciones se diseñen con criterios de integración territorial, que los beneficios económicos lleguen efectivamente a las comunidades locales, que los criterios de ordenación se acuerden con tiempo y participación suficientes, y que los promotores, públicos o privados, entiendan que la licencia social no se obtiene una sola vez, sino que se cultiva a lo largo de toda la vida del proyecto.
La promesa de un paisaje con futuro
Pero requiere también algo más difícil: que la sociedad en su conjunto empiece a ver en esos artefactos lo que realmente son. No la destrucción del paisaje, sino su renovación. No la colonización del territorio por intereses externos, sino el regreso de la energía al lugar donde se consume. No el fin de algo, sino el principio visible y honesto de lo que viene: un metabolismo territorial que, por primera vez en dos siglos, no destruye la base que lo sustenta. Los bienes comunes como expresión de un proyecto territorial con nuevos fundamentos. El valor está en los significados de las renovables, no en su conflictivo protagonismo visual. Según Heráclito, la armonía escondida es mayor que la visible
Esto representa un cambio más profundo de lo que parece en la forma de ver el paisaje. La noción de los bienes comunes, a diferencia del patrimonio, se basa en la idea de que estos son el fruto de las prácticas y los debates actuales, no de los objetos ni de la naturaleza sagrada ni de las huellas de las actividades humanas naturalizadas. Combina herencia y creación, bricolaje y reinterpretaciones. La visión de un mundo alternativo al tecnofósil con una humanidad en esfuerzo cooperativo para recuperar la salud de la atmósfera, la salud ecológica del suelo y la armonía del territorio con sus flujos, tiene en el paisaje de las renovables una promesa de futuro; una reivindicación de un paisaje negociado, resultado de un acuerdo sobre un futuro aceptable y aceptado.
El Imperio Tecnofósil ha construido durante décadas un paisaje a su imagen: opaco, concentrado, invisible en sus violencias. La Fraternidad Electrorrenovable tiene la oportunidad de construir uno diferente: transparente en su funcionamiento, distribuido en sus beneficios y legible para quienes lo habitan. Un paisaje que no congele el pasado, sino que abra el futuro. Una herencia sin testamento que, precisamente por eso, puede ser de todos.
Juan Requejo es economista, geógrafo y consultor de planificación
[1] Publicado en 2006. Conseil d’Architecture, d’Urbanisme et de l’Environnement de l’Essonne CAUDE91